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Anastasio Ovejero Bernal
soluciones, principalmente en el ámbito del ambiente construido. En
efecto, «otro aspecto en el que la investigación e intervención ha puesto de
manifiesto la interdependencia entre persona y entorno, lo constituye la
evidencia de cómo las condiciones estructurales (diseño, tamaño, organizaciones) y la distribución espacial pueden ser utilizados para promover los
comportamientos deseados» (Hernández, 1997, pág. 8). La psicología
ambiental, que hunde sus raíces en los movimientos norteamericanos ecologista y hippy de los años 60,
estudia el comportamiento social precisamente teniendo en cuenta este
aspecto para el desarrollo de la actividad de la persona humana; la interacción con el ambiente en su conjunto, o con una parte del mismo, es
crucial en la génesis y en la explicación del comportamiento social. Es
difícil imaginar, por ejemplo, contenidos de la identidad social sin referencia al escenario, al marco que describe el «territorio» del grupo de
ocupantes. En efecto, una parte decisiva de nuestra identidad se conforma en base a la interacción que establecemos con los lugares que creamos y habitamos (Corraliza y Gilmartín, 1996, pág. 410).
Un buen ejemplo de esto está en los estudios sobre satisfacción residencial que, con una gran cantidad de datos, subrayan la imposibilidad de
disociar las variables del «barrio», descriptivas del entorno físico (véase
Amérigo, 1995). Tal vez los lugares son insignificantes sin el uso que de
ellos hagan las personas, pero también es cierto que es inimaginable la
experiencia social completamente disociada de la experiencia ambiental. Y
aquí se nos plantea ya un primer problema: hasta qué punto el ambiente es
el lugar donde se realiza el comportamiento o incluso determina ese comportamiento: ¿somos nosotros quienes construimos nuestro ambiente o, más
bien, nuestro ambiente el que nos construye a nosotros? «Una y otra perspectiva, ilustran los dos enfoques básicos presentes en el sustrato del ámbito
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