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342 Anastasio Ovejero Bernal mental varían según los enfoques teóricos y criterios de diagnóstico utilizados, las concepciones filosóficas, morales y psicológicas vigentes y los modelos médicos predominantes. El concepto de salud mental presenta una cierta ambigüedad en la medida en que dista de ser universalmente aceptado e incorpora en su definición aspectos valorativos. Como acabamos de señalar, varía según los autores y las distintas definiciones y modelos teóricos tanto psicológicos como sociológicos y médicos» (Álvaro y Páez, 1996, pág. 382). Reconociendo que la salud mental es, al menos en parte, una construcción social, simbólica e históricamente determinada, ésta puede ser vista desde cuatro perspectivas diferentes, aunque complementarias: como ausencia de malestar; como la manifestación de un bienestar subjetivo; como la exteriorización de una buena calidad de vida (por la importancia de este punto, véase una revisión reciente en Moreno y Ximénez, 1996) y, por último, como la presencia de un conjunto de atributos individuales positivos (véase una ampliación de estas perspectivas en Álvaro y Páez, 1996, págs. 383 y sigs.). Entre las múltiples formas de intervención psicosocial en el ámbito de la salud mental está la modificación de los estilos de vida, lo que exige evaluar y transformar los contextos sociales y ambientales (familiar, urbano, laboral, etc.) implicados en su origen y mantenimiento (véase Fernández del Valle, 1996). Pero la intervención también puede darse en el nivel de las relaciones interpersonales: las interacciones que mantenemos con personas depresivas, por ejemplo, tienden a ser de rechazo o evitación, lo que refuerza aún más su sintomatología (véase Bas y Andrés, 1996). Modificar el tipo de interacción que mantienen las personas próximas a quienes tienen trastornos emocionales es algo importante para su salud mental, dado que estas estrategias son incompatibles con un modelo de intervención centrado en la persona. De lo dicho en páginas anteriores se deduce que las formas de enfrentarse a situaciones estresantes y a la propia situación de deterioro de la salud mental dependen de características individuales. Ciertos sesgos cognitivos, déficit en habilidades sociales y estrategias de afrontamiento no adaptativas, aunque pueden tener un origen social, difieren de unas personas a otras y para su resolución es necesario una ayuda personalizada. Una de las funciones de los centros de salud mental integrados por equipos multidisciplinares formados por sociólogos, psicólogos y psiquiatras, debería ser precisamente ésta (Álvaro y Páez, 1996, pág. 402). Así, por ejemplo, en el caso de personas con depresión y con alteraciones cognitivas caracterizadas por distorsiones en el procesamiento de la información recibida del medio, o pensamientos negativos recurrentes, la ayuda terapéutica debe ir orientada a la reestructuración cognitiva. Igualmente, el entrenamiento de las habilidades sociales (véase Caballo, 1991; Gil, León y Jarana, 1992) puede ser de utilidad en aquellos casos en que la conducta emitida por la persona no es la adecuada para reducir el estrés derivado de acontecimientos vitales negativos (Bas y Andrés, 1996). Y es