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Anastasio Ovejero Bernal
e) Uno de los posibles resultados del proceso penal es que el acusado
termine en la cárcel, una institución a la que muchas constituciones progresistas y leyes penitenciarias de países democráticos conceden la función
de servir al mantenimiento del orden social al tiempo que se pretende la
reeducación del interno, preparándole para su vuelta a la libertad y para su
reinserción social. Pues bien, durante los últimos cincuenta años
se han desarrollado notables esfuerzos por introducir las aportaciones de
la psicología en las prisiones; sobre todo aquel tipo de aportaciones dirigidas a la evaluación del comportamiento y otras características psicológicas de los internos, bien con finalidades diagnósticas, bien de selección
laboral, bien para la siempre difícil tarea de pronosticar sus probabilidades de reincidencia en su futura libertad. Otra línea de trabajo ha consistido en todo un conjunto de intervenciones terapéuticas sobre los presos,
con el propósito de producir en ellos determinados cambios en su conducta, habilidades o ajuste psicológico. Además, la psicología ha analizado e intervenido sobre determinados parámetros de la prisión como
organización (Sobral, 1996, pág. 263) (véase Redondo, 1994, 1995).
f) Finalmente, no olvidemos que en la escena tenemos también una
víctima, es decir, alguien que con frecuencia es solamente una preocupación
secundaria para los sistemas de administración de justicia. ¿Puede la psicología ayudar a tales sistemas a diseñar formas de actuación en que la víctima
no sea la eterna olvidada?, ¿puede prevenir el proceso de victimización e
intervenir con éxito razonable sobre algunos de los problemas causados a
tales víctimas? Como señala Sobral, en la medida en que sospechosos y condenados afortunadamente gozan de garantías y derechos cada vez mayores,
se ha ido generando en las sociedades democráticas occidentales una duda
acerca de la equidad con que son tratadas las víctimas. Preocupadas por el
delito y por sus causas, por los jueces, por la rehabilitación del delincuente,
por las reacciones de la sociedad ante el delito, etc., las ciencias sociales han
tendido a considerar, por acción u omisión, a las víctimas como un protagonista secundario (para evitar este error véase Herrero, 1994).
La actividad judicial como un proceso psicosocial
De lo dicho anteriormente me gustaría destacar un tema, el de la psicología de las sentencias judiciales, por la enorme relevancia social y hasta
política que ello tiene y porque ha sido muy poco estudiado, desafortunadamente, por nuestra disciplina (Garrido y Herrero, 1995). Como decía un
juez que participaba como sujeto en un estudio de psicología, «tú pones a
dos magistrados sentados uno junto a otro ante el mismo conjunto de
hechos, las mismas circunstancias, la misma persona y pueden dar dos sentencias enteramente diferentes». Ello es sumamente grave pues socaba la
confianza de los ciudadanos en la justicia, dado que, ingenuamente, son
muchos los que aún creen en la imparcialidad y objetividad de la justicia.