Test Drive | Página 319

320 Anastasio Ovejero Bernal dial, puesto que «nos encontramos en las primeras fases de la formación de un nuevo tipo de sociedad mundial, que será tan diferente de la actual como lo era la del mundo anunciado por la Revolución Industrial con respecto a la sociedad del largo período agrario que la precedió» (King y Schneider, 1991, pág. 17). Todo lo anterior conlleva nuevos empleos y, por tanto, también exige nuevas formas de educación y de orientación profesional, dado que, añaden King y Schneider, al final de lo que ellos llaman la Gran Transición, habrá ocurrido que el empleo, el estilo de vida y las perspectivas tanto materiales como de otro tipo serán para todos los habitantes muy diferentes de lo que son hoy. Así, habrá mucho más tiempo libre (a causa de la reducción del tiempo de trabajo, el mayor desempleo, etc.), lo que la escuela debe tener muy en cuenta, de forma que, por una parte, prepare a los alumnos tanto para el trabajo como, también, para el tiempo libre, y, por otra, forme profesionales para las nuevas profesiones del tiempo libre (animación sociocultural, etc.). Todo ello supondrá un cambio radical en nuestras vidas cotidianas y en nuestras formas de pensar, dado que, como escribe Barel (1984, pág. 21), «todo nuestro orden social, cultural y moral está construido sobre la noción de trabajo, en una coyuntura en que el no trabajo desempeña ya un papel importante y, al parecer, destinado a crecer en el futuro». En suma, «ante la crisis del empleo como panacea universal, ese compromiso de asistencia activa a la gestación y alumbramiento de instituciones socioculturales nuevas e innovadoras es uno de los retos decisivos que debe afrontar una psicología social aplicada a la promoción de la calidad de vida humana, en los primeros compases del tercer milenio» (Blanch, 1996, pág. 113). Conclusión Estamos, pues, ante dos instancias absolutamente centrales en la vida actual del ser humano. Ni me imagino siquiera la vida de nadie al margen de algunas de las organizaciones (escuela, empresa, partido político, sindicato, club deportivo, etc.) y de los roles que desempeña dentro de tales organizaciones, hasta el punto de que con frecuencia, por no decir siempre, es el rol desempeñado lo que define a la persona, más que las características individuales que posea, si fuera posible separar éstas de los roles que se desempeñan. Y dentro de tales organizaciones, las laborales tienen un protagonismo de primer orden, en una sociedad como la nuestra donde la profesión y la suficiencia económica son mucho más de lo que parecen, hasta convertirse en el eje vertebrador de la vida de los ciudadanos y hasta de su propia identidad. En consecuencia, como dice Torregrosa (1994, pág. 84), «habrá que conferirle al trabajo un peso fundamental en la actualización de la identidad de las personas. Todos los seres humanos tienen una necesidad casi antropológica de desarrollar una actividad con significado, que esté sometida a unos cánones de equi-