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Anastasio Ovejero Bernal
dial, puesto que «nos encontramos en las primeras fases de la formación
de un nuevo tipo de sociedad mundial, que será tan diferente de la actual
como lo era la del mundo anunciado por la Revolución Industrial con
respecto a la sociedad del largo período agrario que la precedió» (King y
Schneider, 1991, pág. 17).
Todo lo anterior conlleva nuevos empleos y, por tanto, también exige
nuevas formas de educación y de orientación profesional, dado que, añaden King y Schneider, al final de lo que ellos llaman la Gran Transición,
habrá ocurrido que el empleo, el estilo de vida y las perspectivas tanto
materiales como de otro tipo serán para todos los habitantes muy diferentes de lo que son hoy. Así, habrá mucho más tiempo libre (a causa de la
reducción del tiempo de trabajo, el mayor desempleo, etc.), lo que la
escuela debe tener muy en cuenta, de forma que, por una parte, prepare a
los alumnos tanto para el trabajo como, también, para el tiempo libre, y,
por otra, forme profesionales para las nuevas profesiones del tiempo libre
(animación sociocultural, etc.). Todo ello supondrá un cambio radical en
nuestras vidas cotidianas y en nuestras formas de pensar, dado que, como
escribe Barel (1984, pág. 21), «todo nuestro orden social, cultural y moral
está construido sobre la noción de trabajo, en una coyuntura en que el no
trabajo desempeña ya un papel importante y, al parecer, destinado a crecer
en el futuro». En suma, «ante la crisis del empleo como panacea universal,
ese compromiso de asistencia activa a la gestación y alumbramiento de instituciones socioculturales nuevas e innovadoras es uno de los retos decisivos que debe afrontar una psicología social aplicada a la promoción de la
calidad de vida humana, en los primeros compases del tercer milenio»
(Blanch, 1996, pág. 113).
Conclusión
Estamos, pues, ante dos instancias absolutamente centrales en la vida
actual del ser humano. Ni me imagino siquiera la vida de nadie al margen de algunas de las organizaciones (escuela, empresa, partido político,
sindicato, club deportivo, etc.) y de los roles que desempeña dentro de
tales organizaciones, hasta el punto de que con frecuencia, por no decir
siempre, es el rol desempeñado lo que define a la persona, más que las
características individuales que posea, si fuera posible separar éstas de
los roles que se desempeñan. Y dentro de tales organizaciones, las laborales tienen un protagonismo de primer orden, en una sociedad como la
nuestra donde la profesión y la suficiencia económica son mucho más de
lo que parecen, hasta convertirse en el eje vertebrador de la vida de los
ciudadanos y hasta de su propia identidad. En consecuencia, como dice
Torregrosa (1994, pág. 84), «habrá que conferirle al trabajo un peso fundamental en la actualización de la identidad de las personas. Todos los
seres humanos tienen una necesidad casi antropológica de desarrollar
una actividad con significado, que esté sometida a unos cánones de equi-