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Anastasio Ovejero Bernal
desempleados ha cambiado sustancialmente desde entonces, llegan a la misma
conclusión: la experiencia del desempleo va asociada a un deterioro significativo del bienestar psicológico (véase, por ejemplo, Garrido, 1992; Álvaro,
Torregrosa y Garrido, 1992). Tanto en el caso de los trabajadores adultos
como en el de los jóvenes, las personas desempleadas presentan, cuando se las
compara con personas que tienen un empleo, menor grado de bienestar psicológico general, mayor nivel de sentimiento depresivo, mayor ansiedad,
menor grado de satisfacción con la vida y menor nivel de autoestima.
Ahora bien, ¿cómo podemos explicar los efectos psicosociales negativos del desempleo? Un primer modelo fue el de Marie Jahoda (1987),
que concibe el desempleo como una situación de privación de las categorías de experiencia básicas proporcionadas por el empleo, ya que éste no
sólo cumple la función de proporcionar a la persona unos recursos económicos sino que, como ya vimos, cumple también una serie de funciones latentes como imponer una estructura temporal a los días, proporcionar la oportunidad de nuevas relaciones personales, definir su estatus y
su identidad, etc., que satisfacen necesidades humanas básicas. La falta
de un puesto de trabajo supone, pues, tanto una privación económica,
derivada de la reducción de ingresos asociada a la pérdida del salario,
como una privación psicológica, derivada de la imposibilidad de acceder
a las categorías de experiencia anteriormente mencionadas. El deterioro
psicológico de los desempleados vendría explicado no sólo por la pérdida
de las consecuencias manifiestas del empleo, sino también, y fundamentalmente, por la desaparición de las categorías de experiencia impuestas
por sus funciones latentes. En la medida en que dichas categorías de
experiencia se han convertido en necesidades psicológicas en el mundo
moderno, la carencia de las mismas desembocará en un deterioro de la
salud mental de los desempleados, a no ser que éstos encuentren alguna
forma alternativa de satisfacerlas. Ahí es donde debería intervenir el psicólogo social, por ejemplo, ayudando a los parados a hacer atribuciones
causales correctas, a tener actitudes adecuadas, etc. Así, se ha observado
que a medida que aumenta el período de desempleo, más se reducen las
probabilidades de éxito en el mercado de trabajo, ya que disminuyen las
expectativas de encontrar trabajo, se desarrolla una actitud más negativa
hacia la búsqueda de empleo y se reduce la intensidad con la que se
busca un puesto de trabajo.
Y sin duda, la mejor terapia contra los efectos negativos del desempleo
consiste en encontrar trabajo. Pues bien, «aunque es evidente que la probabilidad de éxito en el mercado de trabajo está determinada, fundamentalmente, por factores socioestructurales y económicos, la investigación psicosocial sobre el desempleo ha puesto de manifiesto que determinadas
variables individuales podrían aumentar o disminuir las dificultades para
encontrar un empleo» (Álvaro, 1996, pág. 147). Como nos recuerda Blanch
(1990), la probabilidad de que una persona encuentre trabajo depende, por
supuesto, de las oportunidades objetivas del medio en el que se desenvuelve, pero también de la disponibilidad para el empleo, la necesidad