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Anastasio Ovejero Bernal
un instrumento de tres palos (tripalium) a los que se ata al condenado a
un castigo corporal, sobre el que se ejecutaba la acción de torturar (tripaliare). En este sentido, trabajar connota esfuerzo, fatiga, agobio, humillación, tormento y coerción. No olvidemos que el capítulo III del Génesis alude a lo que el trabajo conlleva de castigo por el pecado: «Comerás el
pan con el sudor de tu frente.» Sin embargo, como afirma Blanch (1996),
en el marco de la cosmovisión moderna, se tiende a subrayar su relación
con la utilidad, el valor, la organización social o el desarrollo humano.
Más en concreto, Peiró (1989, pág. 163) lo describe como «el conjunto
de actividades humanas, retribuidas o no, de carácter productivo y creativo que, mediante el uso de técnicas, instrumentos, materias o informaciones disponibles, permite obtener, producir o prestar ciertos bienes,
productos o servicios. En dicha actividad, la persona aporta energías,
habilidades, conocimientos y otros diversos recursos y obtiene algún tipo
de compensación material, psicológica y/o social». En cambio, el término
empleo, que proviene del latino implicare (comprometer a alguien en
algo) constituye una forma particular, sociohistóricamente determinada,
de trabajo, caracterizada por una relación jurídico-contractual, de carácter voluntario entre dos partes: la contratada, que vende su tiempo,
esfuerzo, habilidades y rendimientos de trabajo, y la contratante, que los
compra, generalmente mediante dinero y ocasionalmente a cambio de
bienes y/o servicios. Como vemos, pues, el empleo reduce el trabajo al
estatuto de mero valor de cambio y, en última instancia, de mercancía. En
todo caso, la literatura especializada aporta significativos elementos de
confusión conceptual y terminológica entre trabajo y empleo en sus diversas traducciones (véase Blanch, 1990).
El equipo MOW (1987) realizó una importante investigación transcultural, de diseño transversal, sobre lo que significa trabajar en régimen de
empleo remunerado, destacando que lo más deseable de un trabajo era, por
orden de importancia, el interés de la tarea, la buena paga, la capacidad de
autonomía, el ambiente laboral, la seguridad e higiene, la adecuación del
puesto de trabajo a las propias competencias, las oportunidades de aprender, la variedad, el horario, el entorno físico y las oportunidades de promoción, confirmando la hipótesis de que en los altos niveles de cualificación
profesional y de categoría de puesto predominan las funciones expresivas del
trabajar, mientras que, en el otro extremo, destacan las instrumentales. De
hecho, se dice con frecuencia que a los trabajadores sin cualificar lo que
más les motiva es el dinero, mientras que a los de alta cualificación (ingenieros o psicólogos, por ejemplo), les motivan más otras cosas, como la propia autorrealización. Personalmente, no creo que unos y otros estén hechos
de diferente barro. Ocurre sencillamente que los segundos ya tienen resueltas las necesidades básicas (comida, vestido, vivienda, etc.), mientras que los
primeros aún no.