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316 Anastasio Ovejero Bernal un instrumento de tres palos (tripalium) a los que se ata al condenado a un castigo corporal, sobre el que se ejecutaba la acción de torturar (tripaliare). En este sentido, trabajar connota esfuerzo, fatiga, agobio, humillación, tormento y coerción. No olvidemos que el capítulo III del Génesis alude a lo que el trabajo conlleva de castigo por el pecado: «Comerás el pan con el sudor de tu frente.» Sin embargo, como afirma Blanch (1996), en el marco de la cosmovisión moderna, se tiende a subrayar su relación con la utilidad, el valor, la organización social o el desarrollo humano. Más en concreto, Peiró (1989, pág. 163) lo describe como «el conjunto de actividades humanas, retribuidas o no, de carácter productivo y creativo que, mediante el uso de técnicas, instrumentos, materias o informaciones disponibles, permite obtener, producir o prestar ciertos bienes, productos o servicios. En dicha actividad, la persona aporta energías, habilidades, conocimientos y otros diversos recursos y obtiene algún tipo de compensación material, psicológica y/o social». En cambio, el término empleo, que proviene del latino implicare (comprometer a alguien en algo) constituye una forma particular, sociohistóricamente determinada, de trabajo, caracterizada por una relación jurídico-contractual, de carácter voluntario entre dos partes: la contratada, que vende su tiempo, esfuerzo, habilidades y rendimientos de trabajo, y la contratante, que los compra, generalmente mediante dinero y ocasionalmente a cambio de bienes y/o servicios. Como vemos, pues, el empleo reduce el trabajo al estatuto de mero valor de cambio y, en última instancia, de mercancía. En todo caso, la literatura especializada aporta significativos elementos de confusión conceptual y terminológica entre trabajo y empleo en sus diversas traducciones (véase Blanch, 1990). El equipo MOW (1987) realizó una importante investigación transcultural, de diseño transversal, sobre lo que significa trabajar en régimen de empleo remunerado, destacando que lo más deseable de un trabajo era, por orden de importancia, el interés de la tarea, la buena paga, la capacidad de autonomía, el ambiente laboral, la seguridad e higiene, la adecuación del puesto de trabajo a las propias competencias, las oportunidades de aprender, la variedad, el horario, el entorno físico y las oportunidades de promoción, confirmando la hipótesis de que en los altos niveles de cualificación profesional y de categoría de puesto predominan las funciones expresivas del trabajar, mientras que, en el otro extremo, destacan las instrumentales. De hecho, se dice con frecuencia que a los trabajadores sin cualificar lo que más les motiva es el dinero, mientras que a los de alta cualificación (ingenieros o psicólogos, por ejemplo), les motivan más otras cosas, como la propia autorrealización. Personalmente, no creo que unos y otros estén hechos de diferente barro. Ocurre sencillamente que los segundos ya tienen resueltas las necesidades básicas (comida, vestido, vivienda, etc.), mientras que los primeros aún no.