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202 Anastasio Ovejero Bernal girado tanto alrededor de acontecimientos de alcance nacional e internacional. Todo ello llevó a Serge Moscovici a caracterizar nuestro tiempo como la época por excelencia de las representaciones sociales (Farr, 1986, pág. 496). Finalmente, como puede fácilmente deducirse de lo que llevamos dicho, existe una estrecha relación entre la representación y la ideología, relación que es analizada en un libro de Páez y colaboradores (1987), en que estos autores afirman textualmente (pág. 297): Las representaciones sociales son la forma presistematizada o vulgarizada, en el discurso del sentido común, de las ideologías. Desde esta perspectiva, las representaciones sociales deben situarse como un componente básico y difuso de las ideologías. En otros términos, se trata del discurso ideológico no institucionalizado. Por el contrario, la ideología es el discurso social de legitimación de la hegemonía basada en la división del trabajo y en el lenguaje. Este conjunto sistematizado de representaciones dan sentido al mundo social, y explican problemas del orden social. De ahí que, como señala Moscovici, las representaciones sociales surjan con más empuje precisamente en épocas de crisis y conflictos, cuando las personas no entienden lo que pasa a su alrededor, cuando necesitan entender el comportamiento de ciertos grupos sociales y las ideologías existentes no les sirven suficientemente para ello. Una consecuencia importante de todo ello es precisamente que las representaciones sociales sirven, como hacen las actitudes, para articular los procesos cognitivos con los procesos grupales e intergrupales, con lo que también pueden servir perfectamente, como hacen las actitudes, para unir individuo y sociedad, esa tarea tan necesaria y tan difícil de realizar. Conclusión Si lo que nos interesa no es tanto el cambio de las actitudes como el de las conductas, parece plausible pensar que resulta mejor olvidar la psicología social del cambio de actitudes y utilizar directamente incentivos monetarios y sanciones legales, es decir, que nos convendría acudir al más eficaz de los instrumentos para cambiar las actitudes: el BOE. De hecho, después de que no tuvieran ningún éxito las campañas que pusieron de relieve la gran ventaja de usar los cinturones de seguridad en Alemania y en Suecia, ambos países promulgaron sendas leyes que hicieron obligatoria su utilización. Pues bien, en pocos meses aumentó considerablemente la frecuencia de su uso. Además, se constató que, tras la promulgación de la ley, los automovilistas suecos habían mejorado sus actitudes hacia la utilización del cinturón de seguridad, al menos aquellos que la cumplieron (Fhaner y Hane, 1979): Festinger parecía tener razón. Sin embargo, ello plantea, cuando menos, tres problemas: primero, que la mayoría no tenemos la posibilidad real de introducir modificaciones a través del BOE; segundo,