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Las actitudes 203 esta estrategia sólo puede usarse en las conductas observables públicamente y controlables, como es el exceso de velocidad y la utilización o no del cinturón, pero no cuando no son tan fácilmente observables y controlables, como ocurre, por ejemplo, con las conductas racistas y discriminatorias: así, nadie puede obligar a un padre a que permita que su hijo se case con una persona de otra raza; y tercero, una desventaja más amplia inherente al uso de las sanciones legales para inducir cambios de conducta radical, como apuntan Stroebe y Jonas (1990), en que cuando la conducta está bajo control de algún incentivo extrínseco, no sólo será necesario controlar continuamente la conducta sino que también sería difícil, aunque no imposible, remitirla a un control interno. Por eso los límites de velocidad se vuelven ineficaces a menos que estén continuamente controlados y los automovilistas sepan que están siendo controlados. E incluso cuando leyes como la que hizo obligatorio el uso del cinturón de seguridad parecen producir un cambio de actitud, debemos preguntarnos qué ocurriría si se revocaran tales leyes. «Así, la gran ventaja de influir en la conducta a través de la persuasión es que la conducta permanece bajo control interno y por tanto no necesita control externo» (Stroebe y Jonas, 1990, pág. 196). En conclusión, la noción de actitud sirve a psicólogos y sociólogos para expl icar que la conducta del individuo no está regulada directamente desde el exterior por el medio físico o el medio social, y que los efectos del mundo exterior son mediatizados por la manera con que el individuo organiza, codifica e interpreta los elementos exteriores. No obstante, su empleo resulta delicado: en sociología, la noción de actitud corre el riesgo de provocar una psicologización de los problemas que minimice los determinantes económicos, políticos e institucionales, y en psicología, conlleva el riesgo de minimizar el papel de las condiciones externas. Esto parece ya haber sucedido, puesto que tras décadas de investigaciones sobre las actitudes, se ha descubierto que la actitud no es lo único que determina la conducta (Montmollin, 1985, pág. 171). Por otra parte, debemos preguntarnos, con G. de Montmollin (1985, pág. 173), «si los progresos más decisivos no exigen un doble cambio de escala: pasar del estudio de actitudes aisladas al estudio del conjunto de las actitudes del individuo, es decir, a la estructura de su sistema ideológico; y pasar del estudio de individuos aislados al estudio del conjunto de las actitudes del grupo, la clase, la sociedad, es decir, a la estructura ideológica del cuerpo social». Probablemente ello mejoraría también la eficacia de los intentos de persuasión. La persuasión no es sino el intento de cambiar las opiniones de los demás, con la finalidad última de cambiar sus comportamientos. De ahí el enorme interés que tienen educadores, vendedores, políticos, líderes religiosos y de sectas, etc., en la persuasión y, sobre todo, en ser eficaces en este campo, es decir, en ser persuasivos.