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Las actitudes 201 ción social del concepto de actitudes colectivas, hasta el punto de que, como admite Montero (1994), la introducción en psicología social del concepto de representación social no ha supuesto un avance en la clarificación del confuso panorama definicional constituido por otros conceptos básicos en la disciplina como los de actitud, creencia, opinión, valor o estereotipo. «En resumen, pese al poco eco que entre los teóricos de las representaciones han tenido las dudas expresadas por algunos psicólogos sociales acerca de que el concepto de representación social difiera del de actitud, estas críticas deberían tenerse más en cuenta» (Álvaro, 1995, pág. 81). De hecho, aunque la actitud es individual, existen también actitudes interindividuales que no son producto del azar. Así, una comunidad de actitudes crea un lazo que puede convertirse en la base de un grupo permanente. Por su parte, la pertenencia a un grupo, psicológico o sociológico, implica una comunidad de actitudes respecto a cierto número de objetos sociales, lo que constituye una de las marcas de las pertenencias sociales. Las actitudes constituyen, de esta forma, un elemento de formación y conservación de los lazos sociales. En este sentido, habría pocas diferencias entre las actitudes colectivas o interindividuales y las representaciones sociales. De hecho, ¿qué añade el concepto de representación social al de actitud que tenían hace ya ochenta años Thomas y Znaniecki? Por otra parte, el estudio de las representaciones sociales va indisolublemente unido al estudio del lenguaje. La particular complejidad de los contactos entre los hombres proviene del papel que en ellos desempeña el lenguaje. «Al tener el mismo significado para quien habla y para quien escucha, el lenguaje permite tanto “representar” un objeto ausente o invisible, como evocar el pasado o el futuro, liberando así las relaciones humanas de las limitaciones del espacio-tiempo que sufren las otras especies» (Farr, 1986, pág. 495). Como señala Farr, en la mayoría de las sociedades humanas, las personas pasan una gran parte de su tiempo hablando, y quien desee estudiar las representaciones sociales deberá interesarse por el contenido de estas conversaciones que, por otra parte, presentan muy variadas formas: conversaciones formales, charlas de café, diálogos telefónicos, parlamentarios, etc. En cuanto al cometido de las representaciones sociales, éstas poseen una doble función: Hacer que lo extraño resulte familiar y que lo invisible se haga visible. Además, las representaciones sociales determinan el comportamiento tanto individual como colectivo de quienes las comparten, porque vienen a ser ideologías de la vida cotidiana (Ibáñez, 1988a). De hecho, ya a finales del siglo xix Gabriel Tarde propuso que la psicología social se hiciese cargo sobre todo del estudio comparativo de las conversaciones, ya que había entendido la importancia de la comunicación en la reproducción y la transformación de las sociedades humanas. Ahora bien, desde la proposición de Tarde las cosas han evolucionado y, tanto en Francia como en otros países desarrollados, uno de los cambios más espectaculares es, sin duda, el papel cada vez más determinante de los medios de comunicación de masas en la creación y la difusión de informaciones, opiniones e ideas. Las conversaciones particulares nunca han