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Las actitudes 199 Sin duda alguna, este tema de la consistencia entre la actitud y la conducta ha avanzado muchísimo en los últimos diez años, habiéndose llegado a una etapa, de alguna manera superadora de las anteriores, que se centra en los procesos cognitivos mediacionales, como el modelo procesual de Fazio y colaboradores (1983). Así, como señalan Ajzen y Fishbein (1977), cuando la actitud medida es general —por ejemplo, una decisión como la de ayudar a una pareja de asiáticos particulares en el estudio de La Piere—, no debemos esperar una correspondencia estrecha entre las palabras y las acciones. En efecto, Fishbein y Ajzen nos informan de que en 26 de 27 de los estudios que ellos revisaron, las actitudes no predijeron la conducta. Pero las actitudes predijeron la conducta en todos los estudios que pudieron encontrar en los que la actitud medida era directamente pertinente a la situación. Por ejemplo, las actitudes hacia el concepto general de «conveniencia de la salud» predicen muy poco las prácticas específicas de ejercicio y dieta. Sin embargo, es más probable que el hecho de que las personas hagan footing dependa de sus opiniones acerca de los costos y beneficios del hacer footing. De la misma manera, las actitudes hacia la contracepción predicen en alto grado el uso de anticonceptivos (Morrison, 1989). Igualmente, las actitudes hacia el reciclaje (pero no las actitudes generales a favor del medio ambiente) predicen la participación en el reciclaje (Oskamp, 1991). En definitiva, las actitudes son débiles predictoras de la conducta cuando los condicionamientos ambientales resultan tan fuertes que es difícil e incluso imposible ninguna conducta individual, es decir, cuando las normas sociales son tan fuertes que difícilmente cabe salirse de ellas. Así, por ejemplo, en los años 50 resultaba prácticamente imposible en una aldea castellana que una familia con actitudes contra la religión católica no llevara a su hijo a hacer la primera comunión. Esto lo explica perfectamente la teoría de la acción razonada de Fishbein y Ajzen (1975), que veremos en el próximo capítulo y que probablemente es el modelo más influyente y conocido sobre la relación actitud-conducta. El apoyo empírico que ha obtenido esta teoría nos permite concluir que factores como las normas sociales, las normas morales y los hábitos evocados en cierta situación pueden ejercer fuertes influencias en la conducta y fortalecer o atenuar la relación entre la actitud y la conducta. Representaciones sociales como actitudes colectivas Tradicionalmente, el carácter social o compartido de las actitudes ha recibido, paradójicamente, poca atención po r parte de los psicólogos sociales. Es más, los estudios tradicionales sobre las actitudes han ido haciéndose cada vez más individualistas, llegándose a minimizar casi totalmente su carácter compartido. Según esta perspectiva, como dirían Lalljee, Brown y Ginsburg (1984), la actitud es algo característico de un «ermitaño social», de una persona aislada de las demás, relegando al olvido las situaciones interpersonales de intensa comunicación en las que se forma, se adquiere, se modifica y se expresa. Sin embargo, últimamente se está volviendo a