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198 Anastasio Ovejero Bernal Pero estos datos no parecen tan demostrativos como a primera vista parece, puesto que tal vez resulte más fácil afirmar en un cuestionario que no se servirá a huéspedes chinos que negarse en la realidad a servirlos cuando se los tiene delante, máxime si, como en este caso, esos chinos acompañaban a un blanco, iban bien vestidos, etc. Pero al menos sirvió este trabajo para suscitar una gran cantidad de investigación sobre este problema. Por ejemplo, Wicker (1969) revisó más de 30 estudios que trataban sobre la consistencia actitud-conducta, y encontró que la correlación media entre las mediciones de las actitudes y las mediciones de las conductas fue aproximadamente de 0,30, relación claramente baja concluyendo de forma desalentadora que «había pocas pruebas para apoyar la existencia postulada de actitudes estables subyacentes dentro del individuo, las cuales incluyen tanto su expresión verbal como sus acciones» (Wicker, 1969, pág. 75). Por mostrar un estudio concreto, Diener y Wallbom (1976) constataron que casi todos los estudiantes universitarios dicen que hacer trampa es moralmente incorrecto. Sin embargo, cuando estos autores pidieron a sus sujetos que realizasen una tarea de solución de anagramas (que se les dijo que medían el CI) y que se detuvieran cuando sonara una campana en la habitación, el 71 por 100 de ellos, haciendo trampa, siguieron trabajando después de que sonó la campana. En cambio, con otra muestra similar de sujetos, a los que se les hizo autoconscientes trabajando frente a un espejo mientras escuchaban sus voces grabadas, sólo el 7 por 100 hizo trampa, lo que nos indica que colocar espejos al nivel de los ojos en las tiendas presumiblemente disminuirían los hurtos al hacer a las personas más conscientes de sus actitudes contra el robo. Y es que las actitudes son, sin ninguna duda, un (no el) determinante de la conducta. Además, tampoco debemos olvidar que también la conducta influye en las actitudes y las modifica, como mostró Festinger. Como consecuencia de estas investigaciones, en los primeros 70 muchos científicos sociales vieron el concepto de actitud como de poca utilidad. Sin embargo, como señalan Eagly y Himmelfarb (1978), recientemente la investigación actitud-conducta ha resurgido como consecuencia de que revisiones más recientes son considerablemente más optimistas al mostrar que las relaciones al menos moderadas son la regla y no la excepción cuando se estudian actitudes y conductas socialmente importantes en contextos de no laboratorio. Por ejemplo, la revisión de Cialdini y colaboradores (1981) muestra que en este tema se ha pasado en pocos años del pesimismo, o como mucho el escepticismo, a una perspectiva más optimista (véase también Zanna y cols. 1982). Finalmente, Cooper y Croyle (1984) señalan que la cuestión de si las actitudes predicen y/o causan la conducta no es ya la única que se plantea, sino que también interesa ya responder a estas otras dos: ¿qué es lo que mediatiza las relaciones actitud-conducta? Y ¿cómo pueden los psicólogos predecir mejor la conducta a partir de las actitudes? Y es que la pregunta «¿están correlacionadas las actitudes y la conducta?» no es muy útil, dado que resulta demasiado global e indiferenciada.