Test Drive | Page 143

144 Anastasio Ovejero Bernal aquellos que tienen una emotividad, empatía y autoeficacia elevadas es más probable que se preocupen por los demás y les ayuden (Bierhoff y cols., 1991; Eisenberg y cols., 1991). Además, la personalidad influye en la manera en que las personas reaccionan a situaciones particulares (Carlo y cols., 1991). 5) Estado de ánimo: las investigaciones han comprobado sistemáticamente que el encontrarse en un estado de buen humor favorece la conducta altruista. Sin embargo, los estados de malhumor no han mostrado sistemáticamente el efecto contrario. La manipulación de situaciones provocadoras de estado de malhumor ha aumentado, unas veces, la conducta altruista, y otras la ha disminuido. Para clarificar este aspecto, Weyant y Clark (1977) han sugerido que los estados de malhumor son fenómenos complejos, que interactúan con el valor de la gratificación que se percibe como probable si se ayuda a los demás, de forma que cuando estamos de malhumor, ayudamos más a los otros que cuando nuestro humor es indiferente, pero tan sólo en el caso en que los riesgos sean escasos y los beneficios considerables. En definitiva, existen pocos datos más consistentes en este campo que éste: las personas felices son personas serviciales, ayudan más que las menos felices. Y esto ocurre tanto en niños como en adultos, en hombres como en mujeres, y sea cual sea el origen de tal estado de felicidad (Salovey y cols., 1991). En conclusión, pues, «la conducta de ayuda no es indiscriminada. Estamos más inclinados a ayudar: a) a aquellos que nos gustan; b) a quienes percibimos como similares a nosotros; y c) a quienes realmente lo necesitan» (Worcher y Cooper, 1983, pág. 319). Más específicamente, la probabilidad de ayudar aumenta cuando: 1) han sido reforzadas positivamente nuestras conductas de ayuda; 2) estados de buen humor; 3) observamos un modelo altruista; 4) las reglas y normas permiten, o aconsejan o incluso casi obligan a la conducta de ayuda; 5) no estamos preocupados o no tenemos mucha prisa; y 6) debemos un favor por reciprocidad. En síntesis, la mejor forma de explicar la conducta altruista es, como en tantos otros sectores del comportamiento humano, mediante la interacción entre persona y situación, que es justamente lo que Eagly y Crowley (1986) encontraron tras analizar nada menos que 172 estudios con un total de casi 50.000 sujetos. Aprendizaje del altruismo Lo más positivo que podemos decir del altruismo es que se trata de una conducta que, como cualquier otra, puede aprenderse y puede enseñarse. En concreto, existen básicamente cuatro formas de ser enseñada (Myers, 1995, págs. 505 y sigs.): a) Enseñanza de inclusión moral: las personas que en la Alemania nazi ayudaron a judíos, los líderes del movimiento antiesclavista estadounidense del siglo xix, las personas comprometidas con las ONG, etc. tienen al