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Anastasio Ovejero Bernal
aquellos que tienen una emotividad, empatía y autoeficacia elevadas es más
probable que se preocupen por los demás y les ayuden (Bierhoff y cols.,
1991; Eisenberg y cols., 1991). Además, la personalidad influye en la
manera en que las personas reaccionan a situaciones particulares (Carlo
y cols., 1991).
5) Estado de ánimo: las investigaciones han comprobado sistemáticamente que el encontrarse en un estado de buen humor favorece la conducta altruista. Sin embargo, los estados de malhumor no han mostrado
sistemáticamente el efecto contrario. La manipulación de situaciones provocadoras de estado de malhumor ha aumentado, unas veces, la conducta
altruista, y otras la ha disminuido. Para clarificar este aspecto, Weyant y
Clark (1977) han sugerido que los estados de malhumor son fenómenos
complejos, que interactúan con el valor de la gratificación que se percibe
como probable si se ayuda a los demás, de forma que cuando estamos de
malhumor, ayudamos más a los otros que cuando nuestro humor es indiferente, pero tan sólo en el caso en que los riesgos sean escasos y los beneficios considerables. En definitiva, existen pocos datos más consistentes en
este campo que éste: las personas felices son personas serviciales, ayudan
más que las menos felices. Y esto ocurre tanto en niños como en adultos,
en hombres como en mujeres, y sea cual sea el origen de tal estado de felicidad (Salovey y cols., 1991).
En conclusión, pues, «la conducta de ayuda no es indiscriminada. Estamos más inclinados a ayudar: a) a aquellos que nos gustan; b) a quienes
percibimos como similares a nosotros; y c) a quienes realmente lo necesitan» (Worcher y Cooper, 1983, pág. 319). Más específicamente, la probabilidad de ayudar aumenta cuando: 1) han sido reforzadas positivamente
nuestras conductas de ayuda; 2) estados de buen humor; 3) observamos un
modelo altruista; 4) las reglas y normas permiten, o aconsejan o incluso casi
obligan a la conducta de ayuda; 5) no estamos preocupados o no tenemos
mucha prisa; y 6) debemos un favor por reciprocidad.
En síntesis, la mejor forma de explicar la conducta altruista es, como en
tantos otros sectores del comportamiento humano, mediante la interacción
entre persona y situación, que es justamente lo que Eagly y Crowley (1986)
encontraron tras analizar nada menos que 172 estudios con un total de casi
50.000 sujetos.
Aprendizaje del altruismo
Lo más positivo que podemos decir del altruismo es que se trata de una
conducta que, como cualquier otra, puede aprenderse y puede enseñarse.
En concreto, existen básicamente cuatro formas de ser enseñada (Myers,
1995, págs. 505 y sigs.):
a) Enseñanza de inclusión moral: las personas que en la Alemania nazi
ayudaron a judíos, los líderes del movimiento antiesclavista estadounidense
del siglo xix, las personas comprometidas con las ONG, etc. tienen al