136
Anastasio Ovejero Bernal
dispuestos a dar cambio de moneda a quien llevaba una camiseta con un
lema a favor de los homosexuales.
6) Altruismo como conformidad social: el grupo ejerce fuertes presiones sobre los individuos para que se comporten según las normas de los
roles que ocupan en la estructura social, de forma que, a veces, tales normas exigen una acción altruista. En este sentido, esas conductas altruistas
no serían más que conductas conformistas. Así, la presencia de personas
que ayudan facilita la emisión de conductas pro sociales, mientras que la
presencia de personas que no ayudan la inhiben.
Respecto a esta cooperación grupal Rubin (1995) señala que mientras
que para cooperar hacen falta al menos dos personas, para romper una
relación suele bastar con una, de ahí que los dos extremos de la cooperación y la competición, la colaboración y la confrontación no tienen la
misma valencia; es mucho más fácil pasar de la cooperación a la competición que a la inversa.
7) Altruismo como deber: hay padres que enseñan a sus hijos que
deben hacer acciones altruistas, que el ayudar a los demás es realmente su
deber, etc. Incluso muchas normas sociales, de tipo cultural, religioso, etc.,
que facilitan las conductas altruistas, con muchas diferencias entre culturas,
sobre todo entre culturas individualistas y culturales colectivistas (Triandis,
1995; Goody, 1995).
8) Altruismo como intercambio: durante mucho tiempo, también la
conducta altruista había sido explicada mediante las teorías del intercambio
(Homans, 1961): el altruismo estaría gobernado por el refuerzo y sólo acudiríamos en ayuda de otras personas cuando anticipáramos que se nos
devolvería la ayuda.
9) Altruismo como fingimiento: finalmente, no es raro encontrar conductas aparentemente altruistas, pero sólo por fingimiento, o sea, por hipocresía.
En todo caso, como subraya Batson (1991), nuestra disposición para
ayudar viene determinada tanto por el autoservicio como por consideraciones desinteresadas, sobre todo cuando quien sufre o necesita ayuda es
alguien con quien simpatizamos. Nadie dudará de que los padres sufren
realmente con el sufrimiento de sus hijos y gozan con sus alegrías. De tal
manera que, a menudo, la conjunción de angustia y empatía motivan respuestas ante una crisis, como cuando, en 1983, la gente vio por televisión
cómo un incendio forestal en Australia destruyó cientos de hogares. En
este caso, Amato (1986) estudió las donaciones de dinero y bienes, encontrando que quienes se sintieron enojados o indiferentes dieron menos que
quienes se sintieron angustiados y empáticos, es decir, a la vez conmocionados y preocupados por las víctimas. Sin embargo, aunque sin duda es
más probable que nos comportemos pro socialmente cuando empatizamos
con alguien que necesita ayuda o cuando estamos particularmente preocupados por nuestra propia moralidad, algunos estudios sugieren que el
altruismo genuino puede existir. Así, la empatía produce ayuda sólo
cuando las personas creen que el otro recibirá la ayuda que necesita (Dovi-