El viejo levantó lentamente su mirada. Hundidos entre los huesos apergaminados
de su máscara terrosa, Bruno sintió que sus ojitos lo examinaban con calma pero
con minuciosidad. Acostumbrado a ver el universo con cuidado, casi sin otra tarea
que observarlo y guardarse para sí su meticulosa configuración (con una especie de
sutilmente irónica mudez), Medina pertenecía a esa misma raza de baqueanos que
en la pampa distinguían la huella de un caballo entre mil y eran capaces de orientar
un ejército por el casi imperceptible sabor de un yuyito. Lo miraba con esa
desconfianza socarrona, que apenas era perceptible en ciertas arrugas en el
extremo de sus ojos. Y del mismo modo que cuando se borra un retrato al lápiz van
quedando los rasgos que por ser los esenciales fueron los más trabajados,
empezaron a develarse ante él los rasgos del Bruno infantil. Y entonces, a través de
aquellos treinta y cinco años de ausencia, de lluvias y muertes, de sudestadas y
aconteceres, un dictamen sobrio pero implacable subió desde las enigmáticas
profundidades de la memoria de Medina y terminó haciendo mover sus labios de
manera apenas visible, mientras el resto de su cara permanecía inmóvil, sin dejar
traslucir la menor emoción o sentimiento, si es que realmente existían en el
corazón de aquel hombre:
—Vos sos Bruno Bassán.
Y luego volvió a su rigidez, impasible ante los simples acontecimientos del mundo,
ajeno a la violenta y casi pavorosa conmoción de aquel ser que ahora había dejado
de ser un niño para convertirse en un hombre.
Caminó por las calles p