campos en que el malón había muerto a la pequeña Brígida, aquellas pampas que
en otro tiempo habían sido recorridas por las caballadas del capitán Olmos, aquella
tierra de donde salió, para nunca más volver, con sus hijos Celedonio y Panchito
para seguir a Lavalle, ahora eran tan ajenos a su sangre y a su destino como las
calles de Buenos Aires, que llevaban a veces nombres de su raza, pero transitadas
por hombres apresurados e indiferentes, venidos de todas partes del mundo para
hacer fortuna, personas que en muchos casos consideraban su vida aquí como la
transitoria estadía en un pobre hotel.
Ahora el tren empezaba el descenso y describía la curva hacia el oeste, después de
dejar atrás el monte de Santa Ana, y entonces se vería pronto la torre de la iglesia
y poco después la mole del molino: los elevadores del molino Bassán, su propia
casa, la infancia. Y cuando por fin llegó a Capitán Olmos, idéntica a sí mismo, sintió
como si durante esa multitud de años hubiese vivido bajo una especie de ilusión, en
una inútil fantasmagoría, sin peso ni consistencia; y los hechos a los que creía
haber asistido se desvanecían, como al despertar pierden fuerza y vida los sueños,
convirtiéndose en inciertos fragmentos de una fantasmagoría, a cada segundo más
irreales. Y aquella sensación lo inducía a pensar que lo único verdaderamente real
era su infancia, si lo real es lo que permanece idéntico a sí mismo: un trozo de la
eternidad. Pero así como al despertar la vida diurna queda ya contaminada de
infamia, no siendo entonces los mismos que éramos antes de aquellos sueños, la
vuelta a la infancia queda enviciada y entristecida por los sufrimientos vividos. Y si
la infancia era la eternidad, eso le impedía sin embargo verla como parece que
debiera verse: limpia y cristalina; sino como a través de un vidrio sucio, turbia e
imprecisamente; como si las ventanas a través de las cuales nos es dado en
algunos instantes asomarnos a nuestra propia eternidad tuvieran cristales que van
sufriendo el paso de los años, ensuciándose con las tempestades y los vendavales,
con el barro y las telarañas del tiempo.
Como quien mira desde la oscuridad a un lugar iluminado, fue reconociendo caras
sin ser reconocido: Irineo Díaz, con su misma, pero ahora desvencijada y
descolorida, volanta de capota negra; el comisionista Bengoa, esperando, como
siempre, la llegada del tren; y, finalmente, sentado como un ídolo, al viejo Medina,
que ya era viejo cuando él era un chico, y que al parecer seguía en idéntica
posición en que lo había visto por última vez, hacía treinta y cinco años: pensativo
e impávido, como todo indio, que después de cierta edad no sufre alteración, como
si el tiempo no corriese dentro de ellos sino a su lado, y ellos lo miraran pasar,
fumando el mismo cigarro de chala, hierático e indescifrable como un ídolo
americano, como se mira correr un río que arrastra cosas meramente perecederas.
—No me reconoce?
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