Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
La nuca de los hombres que seguían pasando a nuestro lado, pisándonos casi:
nucas con telecomandos... Nucas de hombres robots.
Seguimos inmóviles, sin respirar casi... Hasta que pasaron todos, hasta buen
rato después de que juncos y cortaderas quedaron quietos, hasta que no oímos
más el chapoteo que se alejaba.
—Hombres robots de nuevo tipo... —murmuró Favalli—. Nunca vi hombres
robots así... Se ve que éstos están muy bien adiestrados.
—La invasión estará formada por varios ejércitos... ¡Lo mismo que si fuera una
invasión terrestre!
—Sí, eso debe ser. El que maneja a estos hombres robots debe de ser un
experto, algo así como un militar de carrera...
Nos miramos, desalentados. En verdad, ¿qué importaban ahora las diferencias
entre los varios tipos de hombres robots? ¿Qué cambiaba para nosotros?
—Tenemos que hacer algo —Favalli fue el primero que reaccionó—. Si siguen
buscando terminarán por encontrarnos.—¿Se te ocurre algo?
—Sí... Vamos a explorar en la dirección contraria... Si desandamos el camino
que los hombres robots siguieron hasta aquí terminaremos por llegar hasta el
Ellos que los manda...
Adiviné el resto: localizado el Ellos que los mandaba, podríamos atacar, quizá
vencer. Quizá apoderarnos de alguno de sus aviones...
Era una esperanza insensata, pero... ¿teníamos otra alternativa?
—Vamos —dije, moviéndome con trabajo.
Estaba aterido... Cortaderas, totoras, sagitarias... Con el agua a media pierna
avanzamos por el bañado, temiendo, a cada paso, que se abriera de pronto el
telón verde y nos topáramos con más hombres robots lanzados en nuestra
persecución.
No fuimos lejos.
Una pequeña barranca, y allí terminaba el bañado. Una espesura de
madreselvas y zarzas nos cerraba el paso. Pudimos franquearla con esfuerzo,
dejando jirones de ropa. Y de pronto, allí estaba: una vasta superficie pintada
a manchones verdes y amarillos, estirada entre los árboles.
Biblioteca de Videastudio – www.videa.com.ar