Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
—Una bazooka de nuevo tipo... —murmuró Favalli.
Aludía, seguro, al tubo macizo que llevaba uno de los hombres.
Pero ya los tres terminaban de pasar, mirando siempre a los lados. Nos
buscaban a nosotros, sin duda. Por fin, Favalli aflojó la mano con que me
apretaba.
—¿Quiénes serían?—pregunté respirando con trabajo.
—No lo sé... No pude verles bien la cabeza, pero parecían hombres robots...
Nos miramos. Ninguno de los dos quería esperanzarse demasiado. Si no eran
hombres robots, significaba que por fin una fuerza nueva, bien organizada,
bien armada, estaba enfrentando a los Ellos.
—¿Habrán sido ellos quienes nos derribaron?
—Seguro. Nos tirarían con esa bazooka.
Una rama se quebró, inesperadamente cerca.
Volvimos a sumergirnos hasta la nariz, nos apretamos aún más entre las
sagitarias. Pensé en un par de carpinchos heridos, guareciéndose en lo más
intrincado del bañado...
El ruido se repitió, más cerca. Me apretó aún más contra los tallos verdes de la
sagitaria, tuve la cara contra un manchón de huevos de caracol, los veo aún
hoy con una nitidez sobrecogedora. Más cerca, el ruido... Alguien venía a
través del bañado.
—Estamos en su camino... Tropezará con nosotros...Pero no era uno solo. Por
los nuevos ruidos que ahora sentíamos debían de ser varios... Ya los temamos
encima...Un golpe de agua me dio un bofetón y casi me tocaron al pasar a mi
lado...
Un hombre muy semejante a los tres de poco antes. Y en seguida otro, y otro.
Iban en fila, mirando a los lados, también ellos buscándonos. No se les ocurrió
que podíamos estar tan cerca; si se hubieran agachado nos habrían
descubierto. Las mismas ropas simples de los otros tres. Las mismas carabinas
cortas, el mismo andar suelto, ágil, decidido y...
Me costó contener la exclamación.
El horror casi me hace gritar.
La nuca...
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