Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
instante siguiente me vi cayendo entre ramas que se rompían, hojas, trozos de
plexiglás, hierros retorcidos. Y ya estábamos en el suelo... Antes de que
intentara levantarme, la mano de Favalli me arrancó de entre los restos del
helicóptero (pie empezaba a humear, anticipando el estallido de los tanques
de combustible. Tropezando por entre cortaderas y madreselvas, Favalli me
arrastró unos cuantos metros. Un fogonazo, un estallido sordo y en seguida el
rugir del incendio que devoraba el helicóptero.
—Hay que seguir—. Hubo urgencia desesperada en la voz de Favalli—. Con el
incendio como señal, los que nos derribaron no tendrán dificultad en
encontrarnos... Me levanté: no tenía ningún hueso roto, aunque estaba
cubierto de pequeños tajos y magulladoras, y ya corrí detrás de Favalli, que
prácticamente se lanzaba de cabeza entre la espesura, como un toro
embravecido. No sé cuánto tiempo corrimos así. Por fin, chapoteamos en un
pantano; el agua se hizo más y más profunda; había muchas achiras,
sagitarias, totoras. De pronto Favalli se detuvo y choqué contra él; los dos
perdimos pie. Quedamos sentados en el fango, con el agua al pecho.
—¿Qué te pasó?—pregunté—. ¿Por qué te paraste?
No me contestó, pero abrió la boca como un pescado sacado fuera del agua:
comprendí que había quedado sin aliento; simplemente por eso se había
detenido.
—Tenemos que seguir corriendo —lo sacudí, hice un vano esfuerzo por
ponerlo en pie—. Todavía estamos demasiado cerca del helicóptero.
Era cierto: por sobre los árboles, a menos de un par de cuadras, se alzaba ya
muy alta la negra humareda del incendio. Por toda respuesta, Favalli me tiró
del brazo; literalmente me hundió en el fango. Saqué la cabeza del agua, quise
resoplar enfurecido, pero la mano de Favalli me apretó la boca, impidiéndome
respirar.
No me miraba: tenía los ojos, dilatados de terror, clavados en el otro extremo
del pantano. Me retorcí, zafé de posición aunque no de la mano de Favalli y
miré yo