Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
Al instante siguiente yo había quedado mirando al cielo: Favalli había hecho
una maniobra violentísima; casi había dado vuelta al helicóptero. Consiguió
enderezarlo pero por el plexiglás vi cerca, demasiado cerca, ramas de
araucaria.
—¿Qué haces? —grité.
No me contestó porque no hizo falta: allá, saltando a ras de los árboles, un
"gloster" con las insignias de la marina se venía oblicuamente hacia nosotros.
Seguimos bajando; volvimos a cortar ramas. Un riacho. Favalli casi acostó el
helicóptero contra el agua y en un pantallazo, por entre los árboles, pasó el
"gloster". Favalli aceleró, pero sin subir. A todo lo que daba el helicóptero
volamos siguiendo el curso del río.
—Están organizando la cacería.
Favalli ya se estaba percatando de cuanto ocurría. Huían las orillas a los lados.
Era mucho lo que hubiera querido preguntar a Favalli, pero imposible
distraerlo: el río se angostaba, era sinuoso: debía volar con cuidado máximo
para que no termináramos estrellándonos contra algún sauzal. Un par de
lanchas, allá abajo; no pudimos ver si quienes las tripulaban eran hombres
robots o no; íbamos demasiado rápido.
Siempre a ras del agua salimos por fin a un río grande; ni idea tengo de cuál
sería porque ya estábamos en zona totalmente desconocida para mí. El río
aparecía extraño, totalmente vacío. Sólo entonces me di cuenta de hasta qué
punto el ir y venir de vapores, de lanchones, de botes isleros era parte
infaltable del paisaje del Delta.
Vimos allá abajo algún vapor encallado, escorado en ángulo imposible: quién
sabe qué drama le había llevado hasta aquel fin. Sobrevolamos un par de
botes de club; iban a la deriva, vacíos. De pronto, no más el río: sauces,
inacabables plantaciones de álamos.
—¿Por qué dejamos el río, Fava?
—No creo que nos persigan hasta aquí, Juan...
¿Por qué lo habrá dicho?
Un estallido, hacia la cola del helicóptero.
Una explosión violentísima.
Me sentí lanzado hacia adelante y estrellé mi cabeza contra el plexiglás; al
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