Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
seguirá siendo un hombre robot. Es decir, prácticamente un muerto. O peor
que un muerto, porque seguiría sirviendo a los Ellos, seguiría luchando contra
su propia especie, seguiría traicionando a los hombres. Seguiría asesinando.
Incluso a mí..."
Me decidí.
Tomé los dos "botones" y tiré con fuerza hacia los lados. No cedieron, pero el
cuerpo todo de Favalli se sacudió, como si hubiese recibido un golpe eléctrico.
Abrió los ojos; la sacudida lo hacía reaccionar.
Parpadeó, miró sin verme, pero pronto estaría totalmente recuperado. Un
momento más y estaríamos de nuevo trenzados en lucha. Volví a tirar de los
"botones", ahora con toda la fuerza de que era capaz. Un quejido ronco y los
"botones" se desprendieron. Un temblor espasmódico recorrió el cuerpo de mi
amigo. Pero al instante siguiente Favalli estaba exánime, los ojos se le
cerraban y
entreabría la boca.
—¡Lo maté! —grité espantado.
Pero no; en seguida la respiración se le hizo regular, las facciones se le
distendieron, una curiosa paz, casi una sonrisa, le calmó el rostro.
"Duerme..."
Respiré aliviado. Lo había hecho.
Favalli no era ya más un hombre robot.
Favalli volvería a ser el de siempre; con él a
mi lado podría reanudar el viaje al norte,
hacia la zona todavía no dominada por los
Ellos. Con él a mi lado volvería a intentar
alguna vez la búsqueda de Elena, de
Martita...
despertarlo..."
"Pero no podemos seguir así mucho tiempo
más. Quisiera dejarlo descansar, pero debo
Antes de que pudiera hacer nada, llegó el ruido. Ruido de helicóptero, fuerte,
casi encima de mí.
Me aplasté junto a Favalli y miré por entre los juncos. Sí, otro helicóptero con
cuatro hombres robots, todos armados con metralletas y pistolas. El aparato
descendió a un centenar de metros de donde estábamos. No se había detenido
Biblioteca de Videastudio – www.videa.com.ar