Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
cosas. Busqué una bolsa en la penumbra. "A ver qué llevo. No debo cargarme
con cosas inútiles. Para empezar..."
La puerta se abrió de un golpe.
Dos hombres armados, de rostros torvos, me apuntaban. Podían ser isleros. O
podían ser los dueños del almacén o... Hubo dos fogonazos. Algo me golpeó
en la camisa. Me agaché y me hice a un lado, tratando de evitar los disparos;
caí entre un montón de latas de conserva, a un lado del mostrador.
—Le erré—dijo uno, dando un salto hacia adelante.
Alcanzó a tirar otra vez pero con demasiado apuro: el fogonazo me
encegueció. Sin embargo yo también pude disparar. Mi fogonazo lo iluminó y
vi, neto, el agujero de la bala en la campera negra, en medio del pecho.
Se encogió, cayó hacia adelante.
El otro quizá chocó contra él. O quiso flanquearme o no supo dónde había
caído yo. No lo sé: de pronto lo vi tropezar y sentí que un par de sacos de
yerba se deslizaban sobre mí.
Semicaído, quise incorporarme. Vi un tobillo, más allá de los sacos; manoteé,
y lo hice caer a la vez que apretaba el gatillo del rifle. Pero le erré y medio se
me cayó encima. Nos dimos un cabezazo. Me encontré tratando de que no me
apretara el cuello. Vio que no me podría estrangular porque me había
agarrado mal y quiso pegarme. Aproveché para torcer el cuello, zafándome.
Entonces se tiró al otro lado. Me sorprendió el movimiento pero lo comprendí
en seguida: estaba manoteando el cuchillo que el otro tenía en la cintura. Me
tiré sobre él antes de que terminara de aferrarlo, se lo hice caer, y volvimos a
forcejear, sin golpes netos, los dos jadeando como desesperados, tratando de
llegar hasta el arma.
Otra vez la astucia de animal salvaje. No sé cómo se me ocurrió pero apenas
tuve la idea la ejecuté: lo dejé estirar la mano hasta el cuchillo y entonces le
tomé el brazo estirado; hice fuerza con mi otra mano debajo de su codo y le
retorcí el brazo a la espalda. Seguí haciendo fuerza hasta que gritó de dolor.
Otro esfuerzo más, con todo el cuerpo como resorte, y sentí que le zafaba la
articulación del hombro. Dio un grito.
Lo vi vencido y lo solté, agotado por el tremendo esfuerzo. Pero, con el
hombro dislocado y todo, volvió a manotear el cuchillo.
Entonces me abalancé sobre él, le pegué tras la oreja y de pronto me sorprendí
ya con el cuchillo en la mano, ya clavándoselo hasta el mango en la espalda.
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