Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
—A la casa —ordenó, apoyando las palabras con un movimiento enérgico del
rifle, un Halcón calibre 22.
—¿Y si no vamos?
No sé por qué pero algo se me revelaba allá adentro. Estaba harto de que me
manejaran...
—Te quemo, si no vienen... ¡Vamos, moviéndose! —insistió, ampliando aún
más el movimiento con el rifle.
Eso lo perdió.
Apenas vi el rifle de costado me le abalancé. Conseguí aferrar el caño; lancé la
cabeza hacia adelante y debí darle en el mentón, porque me dolió atrozmente.
Me enderecé, sin soltar el rifle. Tampoco él lo soltó. Sentí el puño
golpeándome en las costillas, otro golpe a la cabeza. No sé bien lo que hice:
debí soltar el rifle, porque estoy seguro de que le pegué con la derecha, un
golpe corto, furioso, que lo calzó bajo el oído. Vaciló, se me prendió, quiso
abrazarse; le sacudí al estómago, erré un par de golpes en el afán de
terminarlo. Cayó a un lado, me arrastró consigo, rompimos algo que debió ser
un rosal porque pinchaba, me hundí.
Luchábamos en el borde de una zanja. No sé dónde estaba el rifle; él se
agachó, buscando algo, y se enderezó de pronto armado con una navaja. El
acero terminó de enceguecerme: lo tomé por la muñeca, golpeé y golpeé. Pero
siguió forcejeando, no podía acertarle ningún golpe de "knock out" y me
estaba cansando: cada vez me era más difícil sujetarle la mano armada. Le
hice una zancadilla mientras le sujetaba el cuello y terminamos de caer los dos
en la zanja, yo encima.
No me levanté, seguí apretando, no le dejé sacar la cabeza del agua...
Forcejeó, convulso, manoteó ya sin la navaja, pero no lo solté. Hasta que dejó
de moverse. Me enderecé. Quedó flotando con la camisa a rayas rota a lo
largo de la espalda. "Otra muerte más", pensé "¿Qué me está pasando? Me
estoy convirtiendo en una fiera.."
Pero no era tiempo para reflexiones absurdas. Sin embargo Amelia y el Bocha
me miraban con ojos agrandados. También ellos, seguro, estaban pensando lo
mismo que yo: ¿con qué fiera andaban?
Recordé que en realidad también ella tenía una muerte. Aunque aquello había
sido diferente: no había matado como yo, tan de a poco. Es distinto matar de
un balazo que matar con las propias manos...
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