Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
muelle. Había visto otras embarcaciones antes y no me había atrevido a
detenerme porque quizá algún hombre robot nos seguía. Pero ya estábamos
lejos. Nadie había notado nuestra fuga.
Subimos al chinchorro.
Tomé los remos, empecé a darle; la corriente era a favor. Traté de
mantenernos junto a la orilla; los sauces nos ocultarían .Orillé un árbol caído a
un costado del río. Apuré la remada. Allá lejos vi la lancha de los hombres
robots que se apartaba de la costa.
¡Nos habían visto!
No tuve tiempo de dudar: la lancha viró, aceleró, se vino a gran velocidad.
Aceleré la remada y oculté el bote al otro lado del árbol caído. Nos quedamos
ahí.
—¿Por qué deja de remar? —Amelia, asustada, había visto también la lancha.
—Es inútil continuar, nos alcanzarían en seguida... Quiero ver si nos
descubrieron o no...
No, no venían por nosotros. La lancha iba ahora a lo largo del juncal de la otra
orilla. Varios hombres robots saltaron de pronto al agua, se hundieron hasta el
pecho y vadearon con los fusiles en alto. Subieron a la orilla y pronto oímos
tiros, tierra adentro.
—Están cazando fugitivos...
—Sigamos... —suplicó Amelia.
No le pude contestar porque la maleza, a mi lado, pareció explotar.
Dos hombres, con las ropas destrozadas y los rostros desencajados surgieron
como fieras perseguidas, manotearon el chinchorro, casi lo tumban...
—¡No podemos llevarlos! ¡No hay lugar! —grité.
No me hicieron caso, Uno pasó la pierna, el bote se inclinó aún más y
empezamos a hacer agua.
Levanté un pie y empujé. Le di en el pecho, cayó hacia atrás.
El otro trató también de subir, pero ya Amelia, con fuerte envión, apartaba el
chinchorro del borde. El hombre midió mal la distancia y cayó al agua.
Bufaron los dos, bracearon desesperados hacia el bote.
Si trataban de subir, nos hundiríamos todos. Y allá lejos, volvía a tronar el
motor de la lancha de los hombres robots, acercándose... Una mano muy
Biblioteca de Videastudio – www.videa.com.ar