Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
y luchó por soltarse.
—¡Hago falta allí! ¡Déjeme!
—Olvídese de ese loco, doctor... Ya hizo demasiado por él...
Se me escapó con un violento arrancón y corrió por las cortaderas hacia el
terraplén.
—No pienso en el "capitán" —alcanzó a gritar—. ¡Pienso en los heridos!
Me agaché, avergonzado.
Pero ya los hombres robots se atrincheraban en el terraplén, del lado del río, y
lo usaban como parapeto para diezmar a balazos a los defensores. El médico
no dio siquiera veinte pasos. Tres hombres robots lo vieron venir, dispararon:
el doctor cayó como si le hubieran hecho un "tackle" bajo. Volví a agacharme.
Amelia temblaba a mi lado; el Bocha tenía lágrimas en los ojos pero, a la vez,
apretaba con fuerza los puños. La sangre le hervía, quería pelear... "¿Cómo
sería el padre?", me sorprendí pensando.
Gritos, balazos, allá en el campamento. Los hombres robots ya dominaban la
situación, perseguían a los defensores. Muchos de éstos se rendían, tiraban las
armas y alzaban los brazos.
—¡Vámonos! —ordené.
Y nos alejamos agazapados por entre las cortaderas.
Avanzamos así durante varios minutos. Cruzamos zanjas, algún arroyo. Dolía
pasar los pequeños puentes pintados por los dueños de las casitas, pintados
para otros días, para otras vidas de un tiempo muy diferente... Tiempo sin
"nevadas", tiempo sin Ellos, tiempo con vida en todas partes...
Los tiros se
fueron apagando
a lo lejos.
—¡Un bote! —y
el Bocha me
señaló
un
chinchorro
islero, atado a la
escalera de un
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