un poeta, usque ad aras que quiso decir que no se habían de valer de su amistad
en cosas que fuesen contra Dios. Pues si esto sintió un gentil de la amistad,
¿cuánto mejor es que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha
de perder la amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra, que pusiese
aparte los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida de su
amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál destas dos cosas tienes en peligro, para
que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan detestable como me
pides? Ninguna, por cierto; antes me pides, según yo entiendo, que procure y
solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela a mi juntamente. Porque si yo he
de procurar quitarte la honra, claro está que te quito la vida, pues el hombre sin
honra peor es que un muerto; y siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo
sea, de tanto mal tuyo, ¿no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo
consiguiente, sin vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no
responderme hasta que acabe de decide lo que se me ofreciere acerca de lo que te
ha pedido tu deseo; que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.
-Que me place -dijo Anselmo-; di lo que quisieres.
Y Lotario prosiguió diciendo:
-Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que siempre
tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta
con las acotaciones de la santa Escritura, ni con razones que consistan en
especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que
se les han de traer ejemplos palpables, fáciles, inteligibles, demostrativos,
indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar, como
cuando dicen: «Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que quedan
también son iguales»; y cuando esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no
lo entienden, háseles de mostrar con las manos, y ponérselo delante de los ojos, y,
aun con todo esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religión. Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado