-No hacen -respondió el barbero-, que también sé yo llevallos al corral, o a la
chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
-Luego ¿quiere vuestra merced quemar mis libros? -dijo el ventero.
-No más -dijo el cura- que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Félixmarte.
-Pues, por ventura -dijo el ventero-, ¿mis libros son herejes o flemáticos, que los
quiere quemar?
-Cismáticos queréis decir, amigo -dijo el barbero-; que no flemáticos.
-Así es -replicó el ventero-. Mas si alguno quiere quemar, sea ése del Gran Capitán
y dese Diego García; que antes dejaré quemar un hijo que dejar quemar ninguno
desotros.
-Hermano mío -dijo el cura-, estos dos libros son mentirosos y están llenos de
disparates y devaneos, y éste del Gran Capitán es historia verdadera y tiene los
hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y grandes
hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán, renombre famoso y
claro, y dél sólo merecido; y este Diego García de Paredes fue un principal caballero
natural de la ciudad de Trujillo, en Extremadura, valentísimo soldado, y de tantas
fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su
furia; y, puesto con un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un
innumerable ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas, que si como
él las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de coronista
propio, las escribiera otro libre y desapasionado, pusieran en olvido las de los
Hétores, Aquiles y Roldanes.
-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de qué se espanta; de
detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de leer lo que
leí yo de Félixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la
cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los niños.
Y otra vez arremetió con un grandísimo y poderosísimo ejército, donde llevó más de
un millón y seiscientos mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y
los desbarató a todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues ¿qué me dirán del
bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en
el libro, donde cuenta que navegando por un río, le salió de la mitad del agua una
serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y se puso a
horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y la apretó con ambas manos la
garganta con tanta fuerza, que viendo la serpiente que la iba ahogando, no tuvo
otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río, llevándose tras sí al caballero, que
nunca la quiso soltar? Y cuando llegaron allá abajo, se halló en unos palacios y en
unos jardines tan lindos, que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo
anciano, que le dijo tantas de cosas, que no hay más que oír. Calle, señor; que si
oyese esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese
Diego García que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don Quijote.
-Así me parece a mí -respondió Cardenio-; porque, según da indicio, él tiene por
cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos que lo escriben, y
no le harán creer otra cosa frailes descalzos.