porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos
segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en
las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto
gusto, que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuando oyó decir
aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana
de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días.
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-; porque nunca tengo buen rato en mi casa
sino aquel que vos estáis escuchando leer; que estáis tan embobado, que no os
acordáis de reñir por entonces.
-Así es la verdad -dijo Maritornes-; y a buena fe que yo también gusto mucho de
oír aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra
señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una
dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que
todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos, ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con la hija del
ventero.
-No sé, señor, en mi ánima –respondió ella-; también yo lo escucho, y en verdad
que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en