esos casos no deja de haber cierto peligro.
—¿Y cuántos tiene usted a su cargo en este momento?
—No más de diez.
—¿Mujeres en su mayoría, supongo?
—¡Oh, no! Todos ellos hombres, y puedo asegurarle que bien robustos.
—¿De veras? Había oído decir que la mayoría de los insanos pertenecían al sexo bello.
—Así es en general, pero no siempre. Hace algún tiempo había aquí unos veintisiete
pacientes, y entre ellos no menos de dieciocho mujeres; pero las cosas han cambiado
mucho, como puede ver.
—Sí... han cambiado mucho, como puede ver —interrumpió el caballero que había
dado de coces a Mam’zelle Laplace.
—¡Sí... han cambiado mucho, como puede ver! —coreó la asamblea.
—¡A sujetar la lengua todo el mundo! —gritó mi anfitrión lleno de cólera, tras lo cual
los presentes guardaron un silencio de muerte durante casi un minuto, mientras una de las
damas obedecía al pie de la letra a Monsieur Maillard, vale decir, sacaba la lengua, que
tenía notablemente larga, y la sujetaba resignadamente con ambas manos hasta el fin de la
fiesta.
—Pero esta dama —dije al director, inclinándome hacia él para que los demás no me
oyeran—, esa excelente señora que acaba de hablar y nos ha ofrecido el cocoricó... supongo
que es inofensiva, ¿verdad? Completamente inofensiva.
—¡Inofensiva! —exclamó él, en el colmo de la sorpresa—. ¿Qué... qué quiere usted
decir?
—¿O nada más que un poco tocada? —dije, acompañando mis palabras con el ademán
de tocarme la sien—. Doy por descontado que su enfermedad no es particularmente...
peligrosa, ¿verdad?
—Mon Dieu! ¿Qué esta usted imaginándose? Esta señora, mi antigua e íntima amiga,
Madame Joyeuse, es tan cuerda como yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, claro está...
pero bien sabe usted que todas las mujeres... todas las mujeres muy ancianas las tienen en
mayor o menor grado.
—Por supuesto —convine—. Por supuesto... pero entonces, el resto de las damas y
caballeros...
—Son mis amigos y colaboradores —interrumpió Monsieur Maillard, irguiéndose
altaneramente.— Mis excelentes amigos y ayudantes.
—¡Cómo! ¿Todos ellos? ¿Las damas también?
—Claro está; no podríamos arreglarnos sin ayuda de mujeres, que son las mejores
enfermeras del mundo para atender a los locos. Tienen una modalidad propia, sabe usted;
sus ojos brillantes producen efectos maravillosos... algo así como la fascinación de la
serpiente.
—Por supuesto —repetí—, por supuesto... De todos modos, actúan de manera un tanto
extraña, ¿no? Son ligeramente raras... ¿no le parece a usted?
—¡Extrañas! ¡Raras! ¿Por qué piensa así? Aquí, en el Sud, no somos nada mojigatos;
hacemos lo que más nos gusta, gozamos de la vida y de todo el resto... ¿Comprende usted?
—Por supuesto —dije—. Por supuesto.
—Y, además, puede ser que este Clos Vougeot se suba un tanto a la cabeza, ¿sabe
usted?... Un tanto fuerte... Usted comprende, ¿no?
—Por supuesto —dije—, por supuesto. Dicho sea de paso, señor, ¿no dijo usted, si he
oído bien, que el sistema que había adoptado en reemplazo del famoso sistema de la