irrazonable, de que se había convertido en perinola. Se hubiera usted muerto de risa
viéndolo dar vueltas. Era capaz de pasarse horas girando sobre un talón, así... y...
Pero entonces, el amigo a quien el orador había interrumpido poco antes hizo lo mismo
con él.
—¡Pues bien —gritó una anciana señora con todas sus fuerzas—, su Monsieur Boullard
era un loco, y un loco muy tonto, por lo que veo! Permítame preguntarle: ¿quién ha oído
hablar jamás de una perinola humana? ¡Qué absurdo! Madame Joyeuse era mucho más
sensata, como todos saben. Tenía una manía, pero llena de buen sentido y que
proporcionaba gran placer a todos los que se honraban en conocerla. Después de maduras
reflexiones llegó a la conclusión de que a causa de algún accidente se había convertido en
gallo. Pero en su calidad de tal se conducía muy correctamente. Batía las alas de una
manera prodigiosa, así... así... así... y así... y en cuanto a su cacareo, era delicioso. ¡Co,
corocó! ¡Co... corocó! ¡Co... corocóooo!
—¡Madame Joyeuse, le ruego que se reporte! —le interrumpió muy encolerizado
nuestro anfitrión—. ¡O se conduce usted como una dama... o abandona inmediatamente la
mesa! ¡Elija!
La dama (a la cual había oído con gran estupefacción llamar Madame Joyeuse, luego
de la descripción que acababa de hacernos de alguien de ese mismo nombre), sonrojóse
hasta la raíz de los cabellos y pareció sumamente humillada por el reproche. Bajó la cabeza,
sin responder una sola palabra. Mas en ese momento otra señora, mucho más joven,
reanudó la conversación. Era mi hermosa jovencita del recibimiento.
—¡Oh, Madame Joyeuse era una loca! —exclamó—. En cambio en la conducta de
Eugènie Salsafette había mucho de buen sentido. Era una joven muy modesta y hermosa,
que se había convencido de que la manera ordinaria de vestirse era indecente, y trataba de
vestirse al revés, vale decir quedándose fuera de sus ropas y no dentro de ellas. Después de
todo es algo muy fácil de hacer. Basta con empezar así... y luego así... y así... así... y
entonces...
—Mon Dieu! ¡mam’zelle Salsafette! —gritaron al unísono una docena de voces—.
¿Qué hace usted? ¡Deténgase... es suficiente! ¡Hemos visto perfectamente cómo se hace...!
¡Basta, basta!
Y numerosos comensales abandonaban ya sus sillas para impedir que mam’zelle
Salsafette se pusiera a la par de la Venus de Médicis, cuando su intervención dejó de ser
necesaria a causa de unos terribles gritos y alaridos que procedían de alguna parte del
cuerpo central del château.
Mis nervios sufrieron un tardo choque al escuchar aquellos clamores, pero no pude
dejar de sentir lástima por el resto de la asamblea. Jamás he visto a un grupo de personas
razonables bajo un espanto semejante. Se pusieron pálidos como otros tantos cadáveres y,
mientras se desplomaban en sus asientos, temblaban y se estremecían de terror, esperando
la repetición de los gritos. Volvieron a oírse éstos con mayor fuerza y al parecer más cerca,
se repitieron por tercera vez con gran intensidad y luego más apagados. Ante esta aparente
cesación de los clamores, los comensales recobraron inmediatamente los ánimos y todo
volvió a ser alegría y conversación como antes. Me atreví entonces a preguntar la causa de
aquella interrupción
—Una simple bagatelle —dijo Monsieur Maillard—. Estamos habituados a estas cosas
y en realidad nos preocupamos muy poco de ellas. De vez en cuando los locos se ponen a
gritar a coro, pues uno excita al otro, como suele ocurrir con los perros de noche. Pero al
coro de alaridos sucede en ocasiones una tentativa simultánea para emprender la fuga, y en