aquí una liebre muerta; come y recupérate. ¡Adelante, enemigo!; aún nos queda luchar por nuestra
vida; pero hasta entonces te esperan largas horas de sufrimiento.»
¡Demonio burlón! De nuevo juro vengarme; de nuevo te condeno, miserable criatura, a atormentarte
hasta la muerte. Nunca abandonaré mi persecución hasta que uno de los dos muera; y entonces, ¡con
qué júbilo me reuniré con Elizabeth y aquellos que ya me preparan la recompensa por mis fatigas y
sombrío peregrinaje!
A medida que avanzaba hacia el norte, la nieve aumentaba, y el frío era tan intenso que apenas si
podía soportarse. Los campesinos permanecían encerrados en sus chozas, y sólo algunos de los más
fornidos se aventuraban en busca de los animales que el hambre forzaba a salir de sus guaridas. Los
ríos se habían helado y al no poder pescar me encontré privado de mi principal alimento.
La victoria de mi enemigo se consolidaba, así que aumentaban mis dificultades. Otra inscripción que
me dejó decía: «¡Prepárate!: tus sufrimientos no han hecho más que empezar. Abrígate con pieles, y
aprovisiónate, pues pronto iniciaremos una etapa en la que tus desgracias satisfarán mi odio eterno.»
Estas burlonas palabras reavivaron mi valor y perseverancia. Decidí no fallar en mi resolución; e,
invocando la ayuda de los cielos, continué con infatigable ahínco cruzando aquella desértica región
hasta que, en la lejanía, apareció el océano, último límite en el horizonte. ¡Qué distinto de los azules
mares del sur! Cubierto de hielo, sólo se diferenciaba de la tierra por una mayor desolación y
desigualdad. Los griegos lloraron de emoción al ver el Mediterráneo desde las colinas de Asia, y
celebraron con entusiasmo el fin de sus vicisitudes. Yo no lloré; pero me arrodillé y, con el corazón
rebosante, agradecí a mis espíritus el que me hubieran guiado sano y salvo hasta el lugar donde
esperaba, pese a las burlas de mi enemigo, poder enfrentarme con él.
Hacía algunas semanas que me había procurado un trineo y unos perros, lo que me permitía cruzar la
nieve a gran velocidad. Ignoraba si aquel infame ser disfrutaba de la misma ventaja que yo; pero vi
que, así como antes había ido perdiendo terreno, ahora me iba acercando más a él; tanto es así, que
cuando divisé el océano sólo me llevaba un día de ventaja y esperaba poder alcanzarlo antes de llegar a
la orilla. Con renovado valor proseguí mi carrera, y al cabo de dos días llegué a una miserable aldea de
la costa. Pregunté a los habitantes por aquel villano y me dieron datos precisos. Un gigantesco
monstruo, dijeron, había llegado la noche anterior, armado con una escopeta y varias pistolas,
haciendo huir, atemorizados ante su espantoso aspecto, a los habitantes de una solitaria cabaña. Les
había robado sus provisiones para el invierno, y las había puesto en un trineo, al cual ató varios perros
amaestrados que asimismo robó. Esa misma noche, y ante el alivio de aquellas asustadas personas,
había reanudado su viaje sobre el helado océano en dirección a un punto donde no había tierra alguna;
suponían que pronto sería destruido por alguna de las grietas que con frecuencia se abrían en el hielo, o
que moriría de frío.
Al oír esto, sufrí un ataque momentáneo de desesperación. Había conseguido escapar de mí; y yo
debía ahora emprender un viaje peligroso e interminable a través de las montañas de hielo del océano,
bajo los rigores de un frío que pocos indígenas podían soportar, y que yo, nativo de una tierra cálida y
soleada, no resistiría. Pero, ante la idea de que aquel engendro viviera y venciera, se me avivó de
nuevo la ira y el ansia de venganza y, cual poderoso alud, barrieron mis otros sentimientos. Tras un
breve descanso, durante el cual me visitaron los espíritus de mis difuntos y me animaron a la
venganza, me preparé para el viaje.
Cambié el trineo de tierra por uno adecuado a las irregularidades del océano helado; y, después de
comprar una buena cantidad de provisiones, abandoné tierra firme tras de mí.
No puedo calcular los días que han pasado desde entonces; pero he padecido torturas que, de no ser
por el eterno sentimiento de una justa retribución que me inflama el corazón, nada hubiera podido
hacerme padecer. Con frecuencia inmensas y escarpadas montañas de hielo me cerraban el camino, y
muchas veces oía rugir, amenazante, una mar gruesa. Pero las constantes heladas garantizaban la
solidez de las sendas del mar.
A juzgar por la cantidad de provisiones consumidas, debían haber transcurrido tres semanas. Más de
una vez, la continua demora en alcanzar lo que tanto deseo, esperanza que me acompaña siempre, me
arrancaba lágrimas de dolor. En una ocasión la desesperación casi se adueñó de mí, y estuve a punto
de sucumbir; los pobres animales que me arrastraban habían alcanzado con esfuerzo increíble la cima
de una montaña, muriendo uno de ellos de fatiga, y yo contemplaba con angustia la inmensidad del
hielo ante mí, cuando de pronto divisé un minúsculo punto oscuro e