––Ir de inmediato a Ginebra. Acompáñame, Henry, a pedir los caballos.
Mientras caminábamos, Clerval se desvivía por animarme, no con los tópicos usuales, sino
manifestando su más profunda amistad.
––Pobre William. Aquella adorable criatura duerme ahora junto a su madre. Sus amigos lo lloramos
y estamos de luto, pero él descansa en paz. Ya no siente la presión de la mano asesina; el césped cubre
su dulce cuerpo y ya no puede sufrir. Ya no se le puede compadecer. Los supervivientes somos los que
más sufrimos, y para nosotros el tiempo es el único consuelo. No debemos esgrimir aquellas máximas
de los estoicos de que la muerte no es un mal y que el hombre debe estar por encima de la
desesperación ante la ausencia eterna del objeto amado. Incluso Catón lloró ante el cadáver de su
hermano.
Así hablaba Clerval mientras cruzábamos las calles. Las palabras se me quedaron grabadas, y más
tarde las recordé en mi soledad. En cuanto llegaron los caballos, subí a la calesa, y me despedí de mi
amigo.
El viaje fue triste. Al principio iba con prisa, pues estaba impaciente por consolar a los míos; pero á
medida que nos acercábamos a mi ciudad natal aminoré la marcha. Apenas si podía soportar el cúmulo
de pensamientos que se me agolpaban en la mente. Revivía escenas familiares de mi juventud, escenas
que no había visto hacía casi seis años. ¿Qué cambios habría habido en ese tiempo? Se había
producido de repente uno brusco y desolador; pero miles de pequeños acontecimientos podían haber
dado lugar, poco a poco, a otras alteraciones, no por más tranquilas menos decisivas. Me invadió el
miedo. Temía avanzar, aguardando miles de inesperados e indefinibles males que me hacían temblar.
Me quedé dos días en Lausana, sumido en este doloroso estado de ánimo. Contemplé el lago: sus
aguas estaban en calma, todo a mí alrededor respiraba paz y los nevados montes, «palacios de la
naturaleza», no habían cambiado. Poco a poco, el maravilloso y sereno espectáculo me restableció, y
proseguí mi viaje hacia Ginebra.
La carretera bordeaba el lago y se angostaba al acercarse a mi ciudad natal. Distinguí con la mayor
claridad las oscuras laderas de los montes jurásicos y la brillante cima del Mont Blanc. Lloré como un
chiquillo: «¡Queridas montañas! ¡Mi hermoso lago! ¿Cómo recibís al caminante? Vuestras cimas
centellean, el lago y el cielo son azules... ¿Es esto una promesa de paz o es una burla a mi desgracia?»
Temo, amigo mío, hacerme pesado si me sigo remansando en estos preliminares, pero fueron días de
relativa felicidad y los recuerdo con placer. ¡Mi tierra!, ¡Mi querida tierra! ¿Quién, salvo el que haya
nacido aquí, puede comprender el placer que me causó volver a ver tus riachuelos, tus montañas, y
sobre todo tu hermoso lago?
Sin embargo, a medida que me iba acercando a casa, volvió a cernirse sobre mí el miedo y la
ansiedad. Cayó la noche; y cuando dejé de poder ver las montañas, aún me sentí más apesadumbrado.
El paisaje se me presentaba como una inmensa y sombría escena maléfica, y presentí confusamente
que estaba destinado a ser el más desdichado de los humanos. ¡Ay de mí!, Vaticiné certeramente. Me
equivoqué en una sola cosa: todas las desgracias que imaginaba y temía no llegaban ni a la centésima
parte de la angustia que el destino me tenía reservada.
Era completamente de noche cuando llegué a las afueras de Ginebra; las puertas de la ciudad ya
estaban cerradas, y tuve que pasar la noche en Secheron, un pueblecito a media legua al este de la
ciudad. El cielo estaba sereno, y puesto que no podía dormir, decidí visitar el lugar donde habían
asesinado a mi pobre William. Como no podía atravesar la ciudad, me vi obligado a cruzar hasta
Plainpalais en barca, por el lago. Durante el corto recorrido, vi los relámpagos que, sobre la cima del
Mont Blanc, dibujaban las más hermosas figuras. La tormenta parecía avecinarse con rapidez y, al
desembarcar, subí a una colina para desde allí observar mejor su avance. Se acercaba; el cielo se
cubrió de nubes, y pronto sentí la lluvia caer lentamente, y las gruesas y dispersas gotas se fueron
convirtiendo en un diluvio.
Abandoné el lugar y seguí andando, aunque la oscuridad y la tormenta aumentaban por minutos y
los truenos retumbaban ensordecedores sobre mi cabeza. La cordillera de Saléve, los montes de jura y
los Alpes de Saboya repetían su eco. Deslumbrantes relámpagos iluminaban el lago, dándole el
aspecto de una inmensa explanada de fuego. Luego, tras unos instantes, todo quedaba sumido en las
tinieblas, mientras la retina se reponía del resplandor. Como sucede con frecuencia en Suiza, la
tormenta había estallado en varios puntos a la vez. Lo más violento se cernía sobre el norte de la
ciu