Con impaciencia debes haber aguardado la carta que fiara tu regreso a casa; tentado estuve en un
principio de mandarte sólo unas líneas con el día en que debíamos esperarte. Pero hubiera sido un
acto de cruel caridad, y no me atreví a hacerlo. Cuál no hubiera sido tu sorpresa, hijo mío, cuando,
esperando una feliz y dichosa bienvenida, te encontraras por el contrario con el llanto y el
sufrimiento. ¿Cómo podré, hijo, explicarte nuestra desgracia? La ausencia no puede haberte hecho
indiferente a nuestras penas y alegrías, y ¿cómo puedo yo infligir daño a un hijo ausente? Quisiera
prepararte para la dolorosa noticia, pero sé que es imposible. Sé que tus ojos se saltan las líneas
buscando las palabras que te revelarán las horribles nuevas.
¡William ha muerto! Aquella dulce criatura cuyas sonrisas caldeaban y llenaban de gozo mi
corazón, aquella criatura tan cariñosa y a la par tan alegre, Víctor, ha sido asesinada.
No intentaré consolarte. Sólo te contaré las circunstancias de la tragedia.
El jueves pasado. (7 de mayo yo, mi sobrina y tus dos hermanos fuimos a Plainpalais a dar un
paseo. La tarde era cálida y apacible, y nos tardamos algo más que de costumbre. Ya anochecía
cuando pensamos en volver. Entonces nos dimos cuenta de que William y Ernest, que iban delante,
habían desaparecido. Nos sentamos en un banco a aguardar su regreso. De pronto llegó Ernest, y nos
preguntó si habíamos visto a su hermano. Dijo que habían estado jugando juntos y que William se
había adelantado para esconderse, y que lo había buscado en vano. Llevaba ya mucho tiempo
esperándolo pero aún no había regresado.
Esto nos alarmó considerablemente, y estuvimos buscándolo hasta que cayó la noche y entonces
Elizabeth sugirió que quizá hubiera vuelto a casa. Allí no estaba. Volvimos al lugar con antorchas;
pues yo no podía descansar pensando en que mi querido hijo se había perdido y se encontraría
expuesto a la humedad y el frío de la noche. Elizabeth también sufría enormemente. Alrededor de las
cinco de la madrugada hallé a mi pequeño, que la noche anterior rebosaba actividad y salud, tendido
en la hierba, pálido e inerte, con las huellas en el cuello de los dedos del asesino.
Lo llevamos a casa, y la agonía de mi rostro pronto delató el secreto a Elizabeth. Se empeñó en ver
el cadáver. Intenté disuadirla pero insistió. Entró en la habitación donde reposaba, examinó
precipitadamente el cuello de la víctima, y retorciéndose las manos exclamó:
¡Dios mío! He matado a mi querido chiquillo.
Perdió el conocimiento y nos costó mucho reanimarla. Cuando volvió en sí, sólo lloraba y
suspiraba. Me dijo que esa misma tarde William la había convencido para que le dejara ponerse una
valiosa miniatura que ella tenía de tu madre. Esta joya ha desaparecido, y, sin duda, fue lo que tentó
al asesino al crimen. No hay rastro de él hasta el momento, aunque las investigaciones continúan sin
cesar. De todas formas, esto no le devolverá la vida a nuestro amado William.
Vuelve, querido Víctor; sólo tú podrás consolar a Elizabeth. Llora sin cesar, y se acusa
injustamente de su muerte. Me destroza el corazón con sus palabras. Estamos todos desolados, pero
¿no será esa una razón más para que tú, hijo mío, vengas y seas nuestro consuelo? ¡Tu pobre madre,
Víctor! Ahora le doy gracias a Dios de qu