modesto, excelente virtud en un joven. Todos los jóvenes debieran desconfiar de sí mismos, ¿no cree,
señor Clerval? A mí, de muchacho, me ocurría, pero eso pronto se pasa.
El señor Krempe se lanzó entonces a un elogio de su persona, lo que felizmente desvió la
conversación del tema que tanto me desagradaba.
Clerval no era un científico vocacional. Tenía una imaginación demasiado viva para aguantar la
minuciosidad que requieren las ciencias. Le interesaban las lenguas, y pensaba adquirir en la
universidad la base elemental que le permitiera continuar sus estudios por su cuenta una vez volviera a
Ginebra. Tras dominar el griego y el latín perfectamente, el persa, árabe y hebreo atrajeron su
atención. A mí, personalmente, siempre me había disgustado la inactividad; y ahora que quería escapar
de mis recuerdos y odiaba mi anterior dedicación me confortaba el compartir con mi amigo sus
estudios, encontrando no sólo formación sino consuelo en los trabajos de los orientalistas. Su
melancolía es relajante, y su alegría anima hasta puntos nunca antes experimentados al estudiar autores
de otros países. En sus escritos la vida parece hecha de cálido sol y jardines de rosas, de sonrisas y
censuras de una dulce enemiga y del fuego que consume el corazón. ¡Qué distinto de la poesía heroica
y viril de Grecia y Roma!
Así se me pasó el verano, y fijé mi regreso a Ginebra para finales de otoño. Varios incidentes me
detuvieron. Llegó el invierno, y con él la nieve, que hizo inaccesibles las carreteras y retrasé mi viaje
hasta la primavera. Sentí mucho esta demora, pues ardía en deseos de volver a mi ciudad natal y a mis
seres queridos. Mi retraso obedecía a cierto reparo por mi parte por dejar a Clerval en un lugar
desconocido para él, antes de que se hubiera relacionado con alguien. No obstante, pasamos