titubeante en su arrepentimiento. A veces le suplicaba a Justine que perdonara su maldad, pero con
mayor frecuencia la culpaba de la muerte de sus hermanos y hermana. La obsesión constante acabó
enfermando a la señora Moritz, lo cual agravó su irascibilidad. Ahora ya descansa en paz. Murió a
principios de este invierno, al llegar los primeros fríos. Justine está de nuevo con nosotros, , y te
aseguro que la amo tiernamente. Es muy inteligente y dulce, y muy bonita. Como te dije antes, sus
gestos y expresión me recuerdan con frecuencia a mi querida tía.
También quiero contarte algo, querido primo, del pequeño William. Me gustaría que lo vieras. Es
muy alto para su edad; tiene los ojos azules, dulces y sonrientes, las pestañas oscur