las cartas a Henry, lo cual indica, Víctor, que debes haber estado muy enfermo. Esto nos entristece
casi tanto como la muerte de tu querida madre. Tan convencido estaba mi tío de tu gravedad, que nos
costó mucho disuadirlo de su idea de viajar a Ingolstadt. Clerval nos asegura constantemente que
mejoras; espero sinceramente que pronto nos demuestres lo cierto de esta afirmación mediante una
carta de tu puño y letra, pues nos tienes a todos, Víctor, muy preocupados. Tranquilízanos a este
respecto, y seremos los seres más dichosos del mundo. Tu padre está tan bien de salud, que parece
haber rejuvenecido diez años desde el invierno pasado. Ernest ha cambiado tanto que apenas lo
conocerías; va a cumplir los dieciséis y ha perdido el aspecto enfermizo que tenía hace algunos años;
tiene una vitalidad desbordante.
Mi tío y yo hablamos durante largo rato anoche acerca de la profesión que Ernest debía elegir. Las
continuas enfermedades de su niñez le han impedido crear hábitos de estudio. Ahora que goda de
buena salud, suele pasar el día al aire libre, escalando montañas o remando en el lago. Yo sugiero
que se haga granjero; ya sabes, primo, que esto ha sido un sueño que siempre ha acariciado. La vida
del granjero es sana y feliz y es la profesión menos dañina, mejor dicho, más beneficiosa de todas. Mi
tío pensaba en la abogacía para que, con su influencia, pudiera luego hacerse juez. Pero, aparte de
que no está capacitado para ello en absoluto, creo que es más honroso cultivar la tierra para sustento
de la humanidad que ser el confidente e incluso el cómplice de sus vicios, que es la tarea del abogado.
De que la labor de un granjero próspero, si no más honrosa, sí al menos era más grata que la de un
juez, cuya triste suerte es la de andar siempre inmiscuido en la parte más sórdida de la naturaleza
humana. Ante esto, mi tío esbozó una sonrisa, comentando que yo era la que debía ser abogado, lo
que puso fin a la conversación.
Y ahora te contaré una pequeña historia que te gustará e incluso quizá te entretenga un rato. ¿Te
acuerdas de Justine Moritz? Probablemente no, así que te resumiré su vida en pocas palabras. Su
madre, la señora Moritz se quedó viuda con cuatro hijos, de los cuales Justine era la tercera. Había
sido siempre la preferida de su padre, pero, incomprensiblemente, su madre la aborrecía y, tras la
muerte del señor Moritz, la maltrataba. Mi tía, tu madre, se dio cuenta, y cuando Justine tuvo doce
años convenció a su madre para que la dejara vivir con nosotros. Las instituciones republicanas de
nuestro país han permitido costumbres más sencillas y felices que las que suelen imperar en las
grandes monarquías que lo circundan. Por ende hay menos diferencias entre las distintas clases
sociales de sus habitantes, y los miembros de las más humildes, al no ser ni tan pobres ni estar tan
despreciados, tienen modales más refinados y morales. Un criado en Ginebra no es igual que un
criado en Francia o Inglaterra. Así pues, en nuestra familia Justine aprendió las obligaciones de una
sirvienta, condición que en nuestro afortunado país no conlleva la ignorancia ni el sacrificar la
dignidad del ser humano.
Después de recordarte esto supongo que adivinarás quién es la heroína de mi pequeña historia,
porque tú apreciabas mucho a Justine. Incluso me acuerdo que una vez comentaste que cuando
estabas de mal humor se te pasaba con que Justine te mirase, por la misma razón que esgrime Ariosto
al hablar de la hermosura de Angélica: desprendía alegría y franquea. Mi tía se encariñó mucho con
ella, lo cual la indujo a darle una educación más esmerada de lo que en principio pensaba. Esto se
vio pronto recompensado; la pequeña Justine era la criatura más agradecida del mundo. No quiero
decir que lo manifestara abiertamente, jamás la oí expresar su gratitud, pero sus ojos delataban la
adoración que sentía por su protectora. Aunque era de carácter juguetón e incluso en ocasiones
distraída, estaba pendiente del menor gesto de mi tía, que era para ella modelo de perfección. Se
esforzaba por imitar sus ademanes y manera de hablar, de forma que incluso ahora a menudo me la
recuerda.
Cuando murió mi querida tía, todos estábamos demasiado llenos de nuestro propio dolor para
reparar en la pobre Justine, que a lo largo de su enfermedad la había atendido con el más solícito
afecto. La pobre Justine estaba muy enferma, pero la aguardaban otras muchas pruebas.
Uno tras otro, murieron sus hermanos y hermanas, y su madre se quedó sin más hijos que aquella a
la que había desatendido desde pequeña. La mujer sintió remordimiento y empezó a pensar que la
muerte de sus preferidos era el castigo que por su parcialidad le enviaba el cielo. Era católica, y creo
que su confesor coincidía con ella en esa idea. Tanto es así que, a los pocos meses de partir tú hacia
Ingolstadt, la arrepentida madre de Justine la hizo volver a su casa. ¡Pobrecilla! ¡Cómo lloraba al
abandonar nuestra casa! Estaba muy cambiada desde la muerte de mi tía; la pena le había dado una
dulzura y seductora docilidad que contrastaban con la tremenda vivacidad de antaño. Tampoco era la
casa de su madre el lugar más adecuado para que recuperara su alegría. La pobre mujer era muy
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