Test Drive | Page 19

asegurado de que mi enemigo ciertamente había huido, bajé corriendo en busca de Clerval, dando saltos de alegría. Subimos a mi cuarto, y el criado enseguida nos sirvió el desayuno; pero me costaba dominarme. No era júbilo lo único que me embargaba. Sentía que un hormigueo de aguda sensibilidad me recorría todo el cuerpo, y el pecho me latía fuertemente. Me resultaba imposible permanecer quieto; saltaba por encima de las sillas, daba palmas y me reía a carcajadas. En un principio Clerval atribuyó esta insólita alegría a su llegada. Pero al observarme con mayor detención, percibió una inexplicable exaltación en mis ojos. Sorprendido y asustado ante mi alboroto irrefrenado y casi cruel, me dijo: ––¡Dios Santo!, ¿Víctor, qué te sucede? No te rías así. Estás enfermo. ¿Qué significa todo esto? ––No me lo preguntes le grité, tapándome los ojos con las manos, pues creí ver al aborrecido espectro deslizándose en el cuarto—. El te lo puede decir. ¡Sálvame! ¡Sálvame! Me pareció que el monstruo me asía; luché violentamente, y caí al suelo con un ataque de nervios. ¡Pobre Clerval! ¿Qué debió pensar? El reencuentro, que esperaba con tanto placer, se tornaba de pronto en amargura. Pero yo no fui testigo de su dolor; estaba inconsciente, y no recobré el conocimiento hasta mucho más tarde. Fue éste el principio de una fiebre nerviosa que me obligó a permanecer varios meses en cama. Durante todo ese tiempo, sólo Henry me cuidó. Supe después que, debido a la avanzada edad de mi padre, lo impropio de un viaje tan largo y lo mucho que mi enfermedad afectaría a Elizabeth, Clerval les había ahorrado este pesar ocultándoles la gravedad de mi estado. Sabía que nadie me cuidaría con más cariño y desvelo que él, y convencido de mi mejoría no dudaba de que, lejos de obrar mal, realizaba para con ellos la acción más bondadosa. Pero mi enfermedad era muy grave, y sólo los constantes e ilimitados cuidados de mi amigo me devolvieron la vida. Tenía siempre ante los ojos la imagen del monstruo al que había dotado de vida, y deliraba constantemente sobre él. Sin duda, mis palabras sorprendieron a Henry. En un principio, las tomó por divagaciones de mi mente trastornada; pero la insistencia con que recurría al mismo tema le convenció de que mi enfermedad se debía a algún suceso insólito y terrible. Muy poco a poco, y con numerosas recaídas que inquietaban y apenaban a mi amigo, me repuse. Recuerdo que la primera vez que con un atisbo de placer me pude fijar en los objetos a mí alrededor, observé que habían desaparecido las hojas muertas, y tiernos brotes cubrían los árboles que daban sombra a mi ventana. Fue una primavera deliciosa, y la estación contribuyó mucho a mi mejoría. Sentí renacer en mí sentimientos de afecto y alegría; desapareció mi pesadumbre, y pronto recuperé la animación que tenía antes de sucumbir a mi horrible obsesión. Querido Clerval ––exclamé un día—, ¡qué bueno eres conmigo! En vez de dedicar el invierno al estudio, como habías planeado, lo has pasado junto a mi lecho. ¿Cómo podré pagarte esto jamás? Siento el mayor remordimiento por los trastornos que te he causado. Pero ¿me perdonarás, verdad? Me consideraré bien pagado si dejas de atormentarte y te recuperas rápidamente, y puesto que te veo tan mejorado, ¿me permitirás una pregunta? Temblé. ¡Una pregunta! ¿Cuál sería? ¿Se referiría acaso a aquello en lo que no me atrevía ni a pensar? ––Tranquilízate ––dijo Clerval al observar que mi rostro cambiaba de color––, no lo mencionaré si ha de inquietarte, pero tu padre y tu prima se sentirían muy felices si recibieran una carta de tu puño y letra. Apenas saben de tu gravedad, y tu largo silencio les desasosiega. ––¿Nada más, querido Henry? ¿Cómo pudiste suponer que mis primeros pensamientos no fueran para aquellos seres tan queridos y que tanto merecen mi amor? ––Siendo esto así, querido amigo, quizá té alegre leer esta carta que lleva aquí unos días. Creo que es de tu prima. Capítulo 5 Clerval me puso entonces la siguiente carta entre las manos. A V. FRANKENSTEIN. Mi querido primo: No pueda describirte la inquietud que hemos sentido por tu salud. No podemos evitar pensar que tu amigo Clerval nos oculta la magnitud de tu enfermedad, pues hace ya varios meses que no vemos tu propia letra. Todo este tiempo te has visto obligado a dictarle Página 19