Admiraba la tormenta, tan hermosa y a un tiempo terrible, mientras caminaba con paso ligero. Esta
noble lucha de los cielos elevaba mi espíritu. Junté las manos y exclamé: «William, mi querido
hermano. Este es tu funeral, ésta tu endecha.» Apenas había pronunciado estas palabras cuando divisé
en la oscuridad una figura que emergía subrepticiamente de un bosquecillo cercano. Me quedé
inmóvil, mirándola fijamente: no había duda. Un relámpago la iluminó y me descubrió sus rasgos con
claridad. La gigantesca estatura y su aspecto deformado, más horrendo que nada de lo que existe en la
humanidad, me demostraron de inmediato que era el engendro, el repulsivo demonio al que había
dotado de vida. ¿Qué hacía allí? ¿Sería acaso me estremecía sólo de pensarlo–– el asesino de mi
hermano? No bien me hube formulado la pregunta cuando llegó la respuesta con claridad; los dientes
me castañetearon, y me tuve que apoyar en un árbol para no caerme. La figura pasó velozmente por
delante de mí y se perdió en la oscuridad. Nada con la forma de un humano hubiera podido dañar a un
niño. El era el asesino, no había duda. La sola ocurrencia de la idea era prueba irrefutable. Pensé en
perseguir a aquel demonio, pero hubiera sido en vano, pues el siguiente relámpago me lo descubrió
trepando por las rocas de la abrupta ladera del monte Saléve, el monte que limita a Plainpalais por el
sur. Rápidamente escaló la cima y desapareció.
Permanecí inmóvil. La tormenta cesó; pero la lluvia continuaba, y todo estaba envuelto en tinieblas.
Repasé los sucesos que hasta el momento había tratado de olvidar: todos los pasos que di hasta la
creación; el fruto de mis propias manos, vivo, junto a mi cama; su huida. Habían transcurrido ya casi
dos años desde la noche en que le había dado vida. ¿Era éste su primer crimen? ¡Dios mío! Había
lanzado al mundo un engendro depravado, que se deleitaba causando males y desgracias. ¿No era la
muerte de mi hermano prueba de ello?
Nadie puede concebir la angustia que sufrí durante el resto de la noche, que pasé, frío y mojado, a la
intemperie. Mas no notaba la inclemencia del tiempo. Tenía la imaginación asaltada por escenas de
horror y desesperación. Consideraba a este ser con el que había afligido a la humanidad, este ser
dotado de voluntad y poder para cometer horrendos crímenes, como el que acababa de realizar, como
mi propio vampiro, mi propia alma escapada de la tumba, destinada a destruir todo lo que me era
querido. Amaneció, y me encaminé hacia la ciudad. Las puertas ya estaban abiertas y me dirigí a la
casa de mi padre. Mi primer pensamiento fue comunicar lo que sabía acerca del asesino, y hacer que
de inmediato se emprendiera su búsqueda, pero me detuve cuando reflexioné sobre lo que tendría que
explicar: me había encontrado a media noche, en la ladera de una montaña inaccesible, con un ser al
cual yo mismo había creado y dotado de vida. Recordé también la fiebre nerviosa que había contraído
en el momento de su creación y que daría un cierto aire de delirio a una historia de por sí increíble.
Bien sabía que si alguien me hubiera contado algo parecido lo habría tomado por el producto de su
demencia. Además, las extrañas características de la bestia harían imposible su captura, suponiendo
que lograra convencer a mis familiares de que la iniciaran. Y ¿de qué serviría perseguirla? ¿Quién
podría atrapar a un ser capaz de escalar las laderas verticales del monte Saléve? Estas reflexiones
acabaron por convencerme y opté por guardar silencio.
Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando entré en casa de mi padre. Les dije a los criados
que no despertaran a mi familia, y me fui a la biblioteca a aguardar la hora en que solían levantarse.
Salvo por una marca indeleble, habían pasado seis años casi como un sueño. Me encontraba en el
mismo lugar en el que por última vez había abrazado a mi padre al partir hacia Ingolstadt. ¡Padre
querido y venerado! Felizmente, aún vivía. Miré el cuadro de mi madre, colgado encima de la
chimenea. Era un tema histórico pintado por encargo de mi padre, y representaba a Caroline Beaufort
en actitud de desesperación, postrada ante el féretro de su padre. Su vestido era rústico, y la palidez
cubría sus mejillas, pero emanaba un aire de dignidad y hermosura que anulaba todo sentimiento de
piedad. Debajo de este cuadro había una miniatura de William que me hizo saltar las lágrimas. En'
aquel momento entró Ernest; me había oído llegar y venía a darme la bienvenida. Expresó una mezcla
de tristeza y alegría al verme.
Bienvenido, querido Víctor. Ojalá hubieras regresado tres meses atrás; nos hubieras encontrado
felices y contentos. Pero ahora estamos desolados; y me temo que sean las lágrimas y no las sonrisas
las que te reciban. Nuestro padre está muy apenado; este terrible suceso parece hacer revivir en él el
dolor que sintió a la muerte de nuestra madre. La pobre Elizabeth está también muy afligida.
Mientras hablaba las lágrimas le resbalaban por las mejillas. No me recibas así le dije––, intenta
serenarte para que no me sienta completamente desgraciado al entrar en la casa de mi padre tras tan
larga ausencia. Dime, ¿cómo lleva mi padre esta desgracia?, ¿y cómo está mi pobre Elizabeth?
Página 25