Caballo de Troya
J. J. Benítez
El muchacho, con una extrema palidez, se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar.
Tuve que esperar a que se calmara. Al rato, gimoteando, concluyó:
-… ¡Fue espantoso, Jasón...! Corrí hacia la higuera. En aquellos momentos sólo tuve un
pensamiento: cortar, morder, arañar el cinto... Todo menos dejar que se ahorcase.
»Cuando llegué al filo del abismo, el cuerpo del pobre Judas se balanceaba en el aire, pateando
y girando sobre sí mismo como un «zevivon»1...
»Tenía las manos aferradas al cuello como tratando de luchar contra la asfixia, y los ojos
muy abiertos, casi fuera de las órbitas.
»Las rodillas me temblaban y mi garganta se secó, como si hubiera tragado un puñado de
arena. Pero, cuando me disponía a trepar al arbolillo y quebrar la higuera, el nudo de la rama
se soltó y Judas cayó al precipicio, estrellándose contra las piedras.
»Fue todo tan rápido que no pude hacer absolutamente nada. Me quedé allí arriba, como un
poste, contemplando el cuerpo inmóvil de Judas. Después, sin fuerzas ni para llorar, regresé a
la ciudad y, cuando trataba de volver al Gólgota, ocurrió el temblor... Mi terror fue tan grande
que volví a la puerta de la Fuente, huyendo hacia el campamento. Allí fue donde me encontró
David...
Al preguntarle si el cuerpo del Iscariote seguía aún en el fondo del barranco, Juan Marcos se
encogió de hombros. Al parecer no había comentado el suceso con nadie. Yo era el primero en
saberlo. Agradecí su información, rogándole que se retirara a descansar.
-Mañana, a primera hora, si no tienes inconveniente -le dijo- quiero que me acompañes
hasta esa garganta...
Juan Marcos asintió como un autómata, desapareciendo en el patio donde estaba a punto de
comenzar la cena pascual.
La versión del muchacho variaba ligeramente la siempre trágica suerte del traidor. Era
preciso que confirmase si Judas había fallecido por ahorcamiento o por precipitación. Aunque
sus intenciones, en el fondo, estaban claras -suicidarse-, quizá la forma definitiva de su muerte
(suponiendo que hubiera muerto) no había sido la que siempre hemos conocido y aceptado.
Y abusando de la generosidad de aquella familia, escogí uno de los rincones de la planta
baja, envolviéndome en el manto. Al quedarme solo establecí una última conexión con el
módulo, anunciando a Eliseo mi intención de visitar el Hinnom y, suponiendo que aún estuviese
allí, examinar el cadáver de Judas.
Hacia las 21.30 horas, el sueño disipó mi fatiga y mis angustias. Me pareció extraño, muy
extraño, que Jesús de Nazaret no estuviera vivo y cercano. Sin querer me había acostumbrado
a su majestuosa presencia...
8
DE ABRIL, SÁBADO
Poco antes del amanecer, Eliseo me sacó de un profundo sueño, plagado de pesadillas en las
que, curiosamente, se mezclaban las más absurdas situaciones y vivencias, tanto del «tiempo»
real en que me movía como de mi verdadero siglo.
La meteorología había cambiado. El día prometía serenidad:
viento en calma, excelente visibilidad, baja humedad relativa y una temperatura de logrados
centígrados, en ascenso. Desde el módulo, los radares de largo alcance dibujaban con toda
nitidez los perfiles del árido Negev.
Juan Marcos no tardó en presentarse. Traía un gran cuenco de leche de cabra y algo de pan,
fabricado durante la mañana del viernes. Mi agotamiento había desaparecido y devoré
prácticamente el frugal desayuno.
1
En los relatos tradicionales de la festividad judía de las luminarias o «Januká» (que suele coincidir con las
Navidades). se cuenta que, durante la ocupación romana en el siglo I, estaba prohibido reunirse en grupos para
estudiar la Torá. Cuando un vigía alertaba al grupo de estudiosos sobre la proximidad de los legionarios, alguien sacaba
un «zevivon» o pequeño dado, con una base puntiaguda y un a 67WW&