Caballo de Troya
J. J. Benítez
Con las primeras luces y el trompeteo del Santuario, anunciando el nuevo día, mi joven
amigo y yo cruzamos las solitarias calles de Jerusalén. El habitual ruido de la molienda había
desaparecido. Nadie parecía tener prisa por levantarse. Por un lado me alegré. Si el cuerpo de
Judas continuaba entre las peñas, prefería que nadie nos viera junto a él. Así era mucho más
seguro.
Una vez fuera de la murallas, el muchacho me condujo hacia el Oeste, siguiendo casi en
paralelo el muro meridional de la ciudad. A escasos metros de la puerta de la Fuente, por la que
habíamos salido, el terreno cambió. Entramos en lo que los judíos llamaban la Géhenne o
«infierno». Supongo que por lo atormentado de la depresión y por las numerosas hogueras que
se levantaban aquí y allá en una permanente quema de basuras. En efecto, conforme
caminábamos observé cómo aquel tétrico paraje había sido convertido en un inmenso
estercolero en el que merodeaban un sinfín de perros vagabundos y ratas enormes como
liebres.
Juan Marcos se detuvo. Observó el paisaje y, a los pocos segundos, reanudó la marcha. A los
cinco minutos de camino, la Géhenne se convirtió en un laberinto de peñascos, barrancas
estériles y pequeños pero agudos precipicios. De acuerdo con las cotas de nuestras cartas,
aquel extremo sur de Jerusalén oscilaba entre los 612 y 630 metros, en las proximidades del
portalón de la Fuente y los 685, en las cercanías de la puerta de los Esenios. Entre ambos
puntos, el perfil del terreno sufría bruscas variaciones, con desniveles de 20, 30 y hasta 40
metros.
Al ir salvando aquel «infierno» supuse que si el Iscariote había caído desde cualquiera de
aquellos barrancos, lo más probable es que se hubiera destrozado contra las cortantes aristas
de las peñas.
Al fin, Juan Marcos se detuvo. Nos encontrábamos a unos 200 metros en línea recta de la
muralla y sobre uno de aquellos pelados promontorios. Me señaló una joven higuera, nacida
milagrosamente entre los vericuetos y fisuras de la roca y que, tal y como me habla explicado,
crecía con la mitad de su ramaje hacia el Oeste y sobre el vacío.
Lentamente me aproximé al filo del precipicio. El muchacho, inquieto y tembloroso, se aferró
a mi brazo. Al principio no distinguí nada anormal. La barranca presentaba una caída casi en
vertical de unos 35 o 40 metros. Pero la semiclaridad del alba no era suficiente para distinguir
el fondo con precisión.
Tras un par de minutos de tensa búsqueda, Juan Marcos dio un grito que a punto estuvo de
hacerme perder el equilibrio.
-¡Allí!... ¡Mira, allí está!
Seguí la dirección de su dedo y, en efecto, confundido entre las piedras, aprecié un bulto
lechoso, inmóvil y que, desde mi punto de observación, parecía un hombre envuelto en algo
similar a una túnica o una manta blanca.
Ordené a Juan Marcos que no se moviera y elegí uno de los terraplenes, iniciando el
descenso.
Después de no pocos rodeos, rasponazos y sobresaltos entre las resbaladizas paredes del
precipicio, me vi al fin en el fondo de la barranca, a poco más de cuatro metros del cuerpo. Lo
observé sin mover un solo músculo. Parecía desmayado o muerto. Evidentemente era un
hombre, enfundado en una tónica marfileña, similar a la que usaba Judas. Se hallaba boca
abajo, con la pierna izquierda violentamente flexionada bajo el abdomen.
Cuando, finalmente, me decidí a avanzar hacia él, algo negro, grande y peludo como un
conejo salió de debajo, huyendo hacia las zarzas próximas. Me detuve. Un escalofrío recorrió
mis entrañas. Las ratas habían empezado a devorarlo...
Me apresuré a darle la vuelta y el rostro imberbe, puntiagudo y pálido del Iscariote apareció
ante mí. Tenía los ojos abiertos, con el sello del espanto en sus pupilas. Uno de los globos
oculares había desaparecido prácticamente, ante las acometidas de los roedores.
Por más que repasé su cuerpo no advertí señal alguna de sangre. Sólo un finísimo hilo, ya
seco, brotaba de la comisura derecha de su boca.
Llevaba el cinto anudado al cuello. Al examinarlo me di cuenta que no estaba roto o
desgarrado. Sencillamente, como dijo Juan Marcos, se había desanudado. Presionaba la
garganta de Judas pero, ante mi sorpresa, la conjuntiva o membrana mucosa que tapiza el
dorso de los párpados y la zona anterior del ojo no presentaba las típicas manchas rojas de los
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