Caballo de Troya
J. J. Benítez
bien, en vista de la actuación del Iscariote, entiendo que éste consideró -o trató de considerar
ante los sanedritas- que la entrega de su Maestro encajaba de lleno en lo que podríamos
denominar una «venta» o «transacción comercio» por la que, incluso, había percibido una
compensación económica. En este sentido, al menos en lo que concierne a bienes puramente
materiales casas, campos, etc.-, si el vendedor, una vez efectuada la operación, no la
consideraba justa o, sencillamente, decidía echarse atrás, podía recurrir dentro de un plazo de
12 meses, a contar a partir del día de la venta. La mencionada Misná, en el capítulo IX (4) del
citado apartado sobre «Votos de Evaluación» reza textualmente en este sentido:
«Si llegó el último día de los doce meses y no ha sido redimida (la casa, por ejemplo), se
hace definitivamente suya (es decir, del comprador), indiferentemente que la hubiera comprado
o que la hubiera recibido en regalo, puesto que está escrito en el Levítico (25,30): "a
perpetuidad". Antiguamente (el comprador) se escondía cuando llegaba el último día de los
doce meses a fin de que se hiciera definitivamente suya (la casa). Pero Hilel, «el viejo», dispuso
que (el vendedor) pudiera echar el dinero en la cámara del Templo, pudiera romper la puerta y
entrar (en la casa) y que el otro pudiera venir cuando quisiera y recoger su dinero. »
Judas, en consecuencia, había obrado de acuerdo con la Ley. No estaba conforme con la
«venta» de Jesús de Nazaret e hizo uso de su derecho, en el mismo día del pago de dicha
«transacción». Y aunque el Iscariote debía saber también que en el capítulo primero (apartado
3) del referido asunto de los Votos se aclara que «el moribundo y el que es conducido a la
muerte (por veredicto de un tribunal judío que no admite gracia) no pueden ser objeto de voto
ni pueden ser evaluados», forzó sus derechos al máximo, creyendo ingenuamente que aquel
gesto anularía dicha «venta». Hay que reconocer, en descargo de la culpabilidad del Iscariote,
que, por lo menos, apuró todas las posibilidades jurídicas, en beneficio del Maestro. De poco
sirvió, por supuesto, pero creo que es de justicia esclarecer este hecho, tan parcamente
contado por el escritor sagrado. Muchas personas podrán preguntarse -yo también lo hice- por
qué Judas accedió a esta «venta», si sabía que su traición desembocaría en el ajusticiamiento
del Nazareno. Personalmente, a la vista del mencionado comportamiento del Iscariote en la sala
del Sanedrín y, posteriormente, en la del tesoro, creo que Judas jamás llegó a pensar que su
Maestro sería condenado a muerte. Él lo había entregado a los dignatarios de las castas
sacerdotales, convencido de que éstos se limitarían a «custodiarle» e interrogarle y, a lo sumo,
encarcelarle o desterrarle. No trato de hacer una defensa extrema del traidor, pero su fría
venganza contra el Galileo y su movimiento se hubiera visto sobradamente colmada con la
vergonzosa captura y el posible desmembramiento de los discípulo 2