Caballo de Troya
J. J. Benítez
muchacho terminó por narrarme lo que había visto y oído desde que yo le encomendase el
seguimiento de Judas.
Este fue su entrecortado y ceñido relato:
-Cuando el traidor vio cómo los legionarios terminaban de atravesar los pies de Jesús, con la
cabeza cubierta por el manto se alejó del patíbulo. Tú lo viste...
Le animé a continuar.
-Entonces, Judas fue directamente al Templo. No pude verle la cara porque siempre fui
detrás de él pero, viendo sus grandes zancadas y los empujones con que se abrió paso en la
explanada del Santuario, yo diría que estaba furioso.
»Caminó hasta las puertas de la Sala del Consejo de Justicia pero, al intentar abrirlas, el
portero se le interpuso. Judas, con una maldición que no me atrevo a repetir, le golpeó en
pleno rostro, derribándole y dejándole como muerto.
(Aquella reacción encajaba, desde luego, en la violencia que, en ocasiones, estalla en los
grandes tímidos. Y el Iscariote lo era.)
-… Abrió la gran puerta de la sala de las «piedras talladas» y, descubriéndose, irrumpió en el
Tribunal. Yo no me atreví a moverme del quicio de la puerta. Si alguien me hubiera puesto la
mano encima, seguro que me azotan...
Correspondí con una sonrisa de gratitud y Juan Marcos prosiguió:
-Sólo pude ver a Caifás y a alguno de los saduceos, escribas y fariseos, sentados en sus
bancas de madera