Caballo de Troya
J. J. Benítez
retorno del módulo había sido establecido a las 7 de la mañana del domingo? Como creo haber
insinuado, este contratiempo vino a sumarse a la serie de «razones» que aconsejaron a Caballo
de Troya la repetición del gran «salto» al año 30.
Absorto por este inesperado incidente, casi no me di cuenta del paso del tiempo. La familia
de Marcos, ocupada en los preparativos de la cena pascual, apenas si reparó en mí.
Hacia las ocho de la noche, cuando el sueño empezaba a vencerme, alguien me sacó de mis
confusos pensamientos. Al levantar la vista encontré ante mi dos rostros bien conocidos. Uno,
sonriente -el del activo David Zebedeo- y otro, por el contrario, demacrado y afligido: el del
joven hijo de mis hospitalarios anfitriones. Aquello me despejó momentáneamente.
David, con una alegría que no terminaba de entender, puso en mis manos el manto de lino
blanco que yo había adquirido en la tarde del pasado jueves en la tintorería de Malkiyías y del
que, honestamente, me había olvidado.
-Te supongo enterado de todo lo ocurrido -habló al fin el jefe de los emisarios.
Asentí en silencio.
Al advertir mi decaimiento, David me zarandeó cariñosamente, exclamando con un
convencimiento que me dejó atónito:
-¡Resucitará! Lo prometió...
Escruté los cansados ojos de aquel hebreo y quedé maravillado. David Zebedeo creía
realmente lo que estaba diciendo. Era asombroso. Tenía ante mí al único que creía ciega y
firmemente en la promesa del Maestro. Ni en el audaz Juan, el Evangelista, ni en José de
Arimatea ni en ningún otro discípulo o amigo de Jesús había observado una fe como la de aquel
hombre. Y, paradójicamente, apenas si es citado en los textos evangélicos...
Ahora sí estaba clara la razón de su alegría.
Antes de su partida hacia la casa de Nicodemo, donde había trasladado su «centro» de
«correos», David me informó sobre sus últimas peripecias en el campamento de Getsemaní.
Efectivamente, al recibir el aviso de José, desmontó velozmente las tiendas de campaña,
trasladando su «puesto de mando» a lo más alto del Olivete. Desde allí, una vez superada la
amenaza de los levitas, siguió enviando mensajeros a todos los puntos donde él sabía que se
hallaban los apóstoles, amigos y familiares del Nazareno.
Nada más conocer por uno de sus agentes la orden de crucifixión, otros tantos y veloces
mensajeros corrieron hacia Pella, Bethsaíde, Filadelfia, Sidón, Damasco y Alejandría, con la
noticia de la inminente muerte de Jesús, por orden del procurador romano.
Durante buena parte de aquella jornada, David no cesó de mandar «correos» a Jerusalén y a
Betania, informando puntualmente a los discípulos y a la familia de Jesús de cuanto estaba
ocurriendo. De no haber sido por la pericia y valentía de este judío, la mayor parte de los
apóstoles, escondidos y temerosos, hubieran tardado algún tiempo en conocer el triste final de
su Maestro.
Por último, con el ocaso, este Zebedeo suspendió los «correos», permitiendo a sus
mensajeros que se retiraran a descansar y a celebrar la obligada fiesta pascual. Sin embargo,
su convencimiento sobre la resurrección del rabí era tan sólido que, antes de que partieran, les
comunicó en secreto la obligación de concentrarse en la casa de Nicodemo, a primeras horas de
la mañana del domingo. Su intención era transmitir la buena nueva en cuanto se produjese.
Mi admiración por aquel hombre no tuvo límites...
Y antes de que el hijo de los Marcos se uniera a su familia en el banquete de Pascua, mi
curiosidad se vio satisfecha al desvelar, al fin, la suerte del Iscariote.
Me costó trabajo persuadir al joven Juan Marcos de que hablase. En aquellas últimas diez
horas, su alma de niño se había consumido entre el dolor, la rabia y la impotencia. Jamás
olvidaría la ensangrentada figura de su ídolo y amigo: Jesús de Nazaret. Como tampoco podría
borrar la imagen de unos sacerdotes fanatizados y la de un populacho que, poco antes, había
aclamado las valientes y lúcidas intervenciones de su Maestro en la explanada del atrio de los
Gentiles y que, ahora, hubiese lapidado al Galileo en la mismísima fachada del Pretorio romano.
Intenté calmarle, recordándole las palabras que acababa de pronunciar David Zebedeo sobre
la resurrección. Pero Juan me miró sin comprender. Aquella expresión -«y resucitaré al tercer
día»- rebasaba su capacidad infantil.
Tanto Juan Marcos como su familia sabían que yo había permanecido al pie de la cruz y,
como reconocimiento a lo que ellos consideraron un gesto de amor y valentía hacia el rabí, el
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