Caballo de Troya
J. J. Benítez
»Entonces, el siervo, entregándole un bolsa, le dijo:
»-Judas, he sido encargado de pagarte por traicionar a Jesús, el Galileo. He aquí tu
recompensa.
»EI Iscariote, pálido, abrió la bolsa y con una sangre fría que aún me aterra, contó las
monedas...
José hizo una pausa y, cuando daba por sentado que aclararía el importe de la citada
recompensa, esquivó el asunto. Me vi en la obligación de interrumpirle otra vez e interesarme
por la suma.
-Treinta monedas... -replicó el anciano con repugnancia.
-¿Denarios de plata? -presioné.
José, molesto por mi insistencia, aclaró:
-No, 30 «seqel».
(Esta moneda de plata, conocida popularmente como «siclo de Tiro», constituía, como ya dije,
el dinero habitual en el pago de los tributos del Templo. Era, en definitiva, una pieza usada
comúnmente por los sacerdotes en la mayor parte de sus transacciones comerciales. Su
equivalencia, en aquella época, era de unos cuatro denarios de plata por «seqel». Una suma,
por tanto, «moderada». Hay que tener en cuenta que, según el testimonio evangélico de Mateo
(27,9), los sacerdotes compraron un campo con el dinero que había rechazado Judas. Hoy, esos
120 denarios de plata podrían equipararse a unos 200 dólares.)1
El de Arimatea prosiguió:
-Cuando el traidor se cercioró del valor de la bolsa, lívido y mudo de estupor se lanzó hacia
la puerta del Consejo, dispuesto –supongo- a protestar. Pero el portero le cortó el paso,
prohibiéndole la entrada.
»Derrotado, Judas pasó de la cólera a su habitual frialdad. Dejó caer la bolsa en su bolsillo,
alejándose de la sala de las «piedras talladas». Desde entonces no he vuelto a verle...
Fue inútil que insistiera. José de Arimatea, en efecto, había perdido la pista del traidor.
Ignoraba su suerte y, por supuesto, no podía conocer el incidente del Templo y el gesto
desesperado del Iscariote, arrojando las monedas al tesoro del Santuario. Yo estaba al tanto de
esta última acción de Judas por la lectura previa de Mateo, pero ¿habían sucedido las cosas tal
y como lo describe el autor sagrado?
La fortuna quiso que pudiera desvelar esta incógnita poco después de la marcha del anciano
de la casa de Elías Marcos. Había dos asuntos que me obligaban a permanecer en aquel
domicilio y que, sin proponérmelo, fueron una magnífica excusa para averiguar otro dato.
Caballo de Troya me había asignado la ineludible misión de rescatar el micrófono que había
camuflado en el farol situado en la sala donde había tenido lugar la última cena de Jesús. Una
de las normas básicas del proyecto especificaba que los «astronautas» no podían dejar en el
área de exploración ningún resto, señal o indicio de su paso. Tampoco era lícito trasladar a
«nuestro tiempo real» nada que pudiera pertenecer a dicha época. La recuperación de esta
pieza, en consecuencia, era obligatoria.
Por otra parte, resultaba imprescindible que hablase con el joven Juan Marcos. Pero el
adolescente no terminaba de comparecer. Así que, invocando un sentimental deseo de ver por
última vez el cenáculo, convencí a la esposa de Elías para que me acompañara al piso superior.
Cuando entramos en la estancia, mi corazón casi se detuvo: ¡El farol había desaparecido!
La hebrea notó mi palidez, confundiendo mi angustia con una supuesta y honrosa emoción al
pisar de nuevo el recinto donde había cenado el Maestro. Tratando de no perder los nervios
paseé la mirada por la sala, buscando afanosamente el maldito farol. Pero, evidentemente,
alguien lo había sacado de la habitación.
Al borde del colapso, interrogué a la señora de la casa sobre el paradero de la hermosa
pieza. La mujer. desconcertada, me explicó sin conceder importancia al asunto que se había
hecho añicos durante el temblor. Uno de los sirvientes lo había llevado a un taller de Jerusalén
con el propósito de que fuera reparado.
Agradecí su gentileza por permitirme ver el cenáculo y, desarbolado, regresé a la planta
baja. Yo sabía que, a partir del toque de las trompetas, y tratándose de una fiesta tan solemne
como aquélla, las actividades artesanales y de cualquier otro tipo cesaban automáticamente. Y
ya no se reanudarían hasta finalizada la Pascua. ¿Cómo podía recuperar el micrófono si el
1
Doscientos dólares de 1973, claro. (N. de J.. J. Benítez.)
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