Caballo de Troya
J. J. Benítez
del año 30. Un día que, durante mucho tiempo, sería recordado, no por la crucifixión de Jesús
de Nazaret, sino por el «nefasto augurio» del oscurecimiento del sol y el posterior seísmo.
Nicodemo y Juan se despidieron a las puertas del domicilio de Marcos. El primero, dispuesto
a reunirse con los apóstoles que se habían refugiado en su casa y a celebrar con ellos la
obligatoria Pascua. El joven Zebedeo, a su vez, descorazonado y sumido en una tristeza infinita,
se alejó hacia su residencia, donde aguardaba María, la madre del Nazareno.
José aceptó acompañar a las mujeres hasta el interior de la mansión de los Marcos, donde se
hallaban las compañeras que Jude había conducido desde el patíbulo.
La familia, desolada por los acontecimientos, acogió al anciano y a las hebreas con gran
solicitud, rogándoles que les pusieran al corriente de todo lo sucedido a partir de la muerte del
Maestro. El eficacísimo servicio de mensajeros de David Zebedeo había mantenido informados
puntualmente a los núcleos principales de amigos y seguidores del rabí. Por medio de estos
«correos», Elías Marcos y el resto de los apóstoles, repartidos en Jerusalén, Betania y Betfagé,
supieron del fallecimiento del Galileo entre una y dos horas después de ocurrido el óbito.
Cuando el anciano hubo concluido su relato, la esposa de Elías volvió a llenar nuestros vasos
con aquel vino caliente y reconfortante. Y antes de que José tomara la decisión de abandonar a
los Marcos, le rogué me informara sobre lo ocurrido desde que le vi alejarse hacia el templo, en
pleno incidente con los jueces y judíos que intentaban variar el texto del «inri» del Nazareno.
José me miró con un profundo cansancio.
-¿Para qué recordar esa triste historia? -comentó sin entusiasmo.
Pero yo necesitaba averiguar lo sucedido en el interior del Santuario. ¿Qué había pasado en
la reunión del Sanedrín? ¿Qué había sido de Judas Iscariote? El hijo de Elías Marcos no se
hallaba en la casa o, al menos, yo no había acertado a verle y eso me preocupaba.
Le supliqué con una ansiedad tal que el bueno de José terminó por ceder.
-Desde los muros de la Torre Antonia -comenzó el anciano--me dirigí al Templo. Tal y como
comentamos, en mi corazón había una sospecha: los ciegos saduceos, leales al clan de Caifás y
de su suegro, podían conspirar también contra los íntimos del Maestro. Su temor a un
levantamiento por parte de los seguidores y amigos de Jesús no se había disipado con la
condena a muerte aprobada por Pilato. Todo lo contrarío. Precisamente a partir de esos
momentos -según ellos- la situación se hacia mucho más delicada. Y de la misma forma que
habían intentado capturar a Lázaro, adoptaron las medidas oportunas para prender y encarcelar
a los discípulos.
-¿Medidas?, ¿qué medidas? -le interrumpí.
-Nada más regresar a su cuartel general en el Santuario, los levitas, siguiendo instrucciones
del sumo sacerdote, formaron una escolta y salieron hacia la finca de Simón, «el leproso», en
Getsemaní. Gracias a la bondad infinita de Dios -¡bendito sea su nombre!-, poco antes de la
partida pude establecer contacto con uno de los emisarios de David Zebedeo. Al informarle de
lo que se proponía el Sanedrín corrió hasta el Olivete, dando la alerta. Pero, sobre la suerte de
los allí acampados no puedo añadir gran cosa. Sólo sé que a su regreso, el capitán de la
guardia del templo se mostró furioso: « Los segui