Caballo de Troya
J. J. Benítez
creído en un suceso tan prodigioso, ¿por qué posponer el definitivo embalsamamiento del
cuerpo de Jesús hasta después de la fiesta del sábado? Lo lógico hubiera sido no taponar
siquiera sus heridas ni cubrirle con aquellos productos aromáticos, destinados únicamente a
contrarrestar el cercano hedor de la putrefacción.
Encorvado, aturdido y extremadamente cansado por tantas emociones y por la falta de
sueño, no fui capaz de formular un solo pensamiento o una fugaz oración ante el Hijo del
Hombre. Con gran desolación por mi parte descubrí que no recordaba ninguna de las escasas
plegarias que aprendí en mi niñez. Sin embargo, yo también me uní, simbólicamente, a José de
Arimatea cuando, incorporándose, se inclinó sobre la fruncida frente del amigo, depositando en
ella un cálido y prolongado beso.
Después cubrió el cuerpo de Jesús con la sábana, tomando las antorchas. Me apresuré a
recoger su manto y en ese momento, al agacharme, descubrí en uno de los rincones de la
cámara -semiocultos en la penumbra-, un par de capazos de mimbre, repletos de escombros y
un pequeño pico. José se percató de mi observación, excusándose por el desorden del lugar.
Según comentó, el sepulcro se hallaba aún en obras...
Hacia las 17.45 horas, Juan, Longino, José y yo salíamos al callejón. El resto fue
relativamente cómodo. Mientras el de Arimatea sostenía las hachas, el centurión, sus cuatro
soldados y el hortelano procedieron a empujar la roca circular, haciéndola rodar por la profunda
ranura hasta que tapó totalmente la pequeña abertura de la fachada. E insisto en lo de
«relativamente cómodo» porque, de no haber sido por la presencia de los seis hombres, no sé
cómo se las hubieran ingeniado José y Nicodemo para mover aquella media tonelada...
El crujido siniestro y escalofriante de la peña, en su último roce con la pared principal del
panteón, puso punto final a muchas de las esperanzas de aquellos hombres y mujeres. ¿Cómo
podía suponer en semejantes momentos que dicho cierre del sepulcro no era otra cosa que un
corto paréntesis en esta increíble y desconcertante historia?
Antes de partir hacia Jerusalén, José agradeció la decisiva e inestimable ayuda de los
legionarios entrega