una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una tiene el sol y
en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece
sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer,
primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el
mal humor de quien dicen los médicos que está llena.
–¡Santa María! –dijo don Quijote–. Y ¿es posible que mi señora la duquesa tenga tales
desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero, pues la señora doña Rodríguez
lo dice, debe de ser así. Pero tales fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar
líquido. Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa
importante para salud.
Apenas acabó don Quijote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron las puertas del
aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la mano, y quedó la
estancia como boca de lobo, como suele decirse. Luego sintió la pobre dueña que la asían de la
garganta con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona, con mucha
presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenzó a dar
tantos azotes, que era una compasión; y, aunque don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y
no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y callando, y aun temiendo no viniese por él la
tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en dejando molida a la dueña los callados
verdugos (la cual no osaba quejarse), acudie &