consigo a este reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una calandria, danza como el
pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un
avariento. De su limpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe de tener
agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tres días, uno más a menos. En
resolución: de esta mi muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea
del duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere cumplir; y, aunque el duque
mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el
tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de sus trampas por
momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún modo.» Querría, pues, señor
mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas,
pues, según todo el mundo dice, vuesa merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los
tuertos y amparar los miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija, su
gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi
conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna que llegue a la suela de su
zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta
en comparación de mi hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor
mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene más de presunción que de
hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no está muy sana: que tiene un
cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi señora la
duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen oídos.
–¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? –preguntó don Quijote.
–Con ese conjuro –respondió la dueña–, no puedo dejar de responder a lo que se me pregunta con
toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don Quijote, la hermosura de mi señora la duquesa, aquella
tez de rostro, que no parece sino de
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