porque desde allí a poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar
para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
–Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano, porque todas las veces
que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué
autoridad llevaba a mi señora a las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache!
Que entonces no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las
ancas de
sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note la crianza y puntualidad
de mi buen marido. «Al entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir
por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las
riendas a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja