–Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen
varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las
caperuzas se lleven a los presos de la cárcel, y no haya más.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, ésta les
provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el gobernador; ante el cual se presentaron dos
hombres ancianos; el uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:
–Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena
obra, con condición que me los volviese cuando se los pidiese; pasáronse muchos días sin
pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los
presté; pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez escudos le presté, y que si
se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no
me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto,
yo se los perdono para aquí y para delante de Dios.
–¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? –dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo:
–Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y, pues él lo deja en mi
juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.
Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se le tuviese
en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara,
diciendo que era verdad que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que
él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por
momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su
contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre
de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había
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