Test Drive | Page 314

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque traía una[s] tijeras en la mano, y el sastre dijo: –Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me pr[e]guntó: ‘‘Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?’’ Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño. –¿Es todo esto así, hermano? –preguntó Sancho. –Sí, señor –respondió el hombre–, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho. –De buena gana –respondió el sastre. Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo: –He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio. Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo: Portal Educativo EducaCYL http://www.educa.jcyl.es