A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre,
porque traía una[s] tijeras en la mano, y el sastre dijo:
–Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen
hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios
sea bendito), y, poniéndome un pedazo de paño en las manos, me pr[e]guntó: ‘‘Señor, ¿habría en
esto paño harto para hacerme una caperuza?’’ Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse
de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del
paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría
para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención,
fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este
punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le
pague o vuelva su paño.
–¿Es todo esto así, hermano? –preguntó Sancho.
–Sí, señor –respondió el hombre–, pero hágale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que
me ha hecho.
–De buena gana –respondió el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en
las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
–He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no
me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso a
considerar un poco, y dijo:
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